Opinión y Pensamiento

Los cisnes negros, ¿merecen la pena las penas?

Leopoldo María Panero. Foto de José Ramón Vega
Fernan Camacho

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Soy un tipo normal que un día juntó dos palabras y alguien, no recuerdo quién, me dijo que el puzzle no estaba mal. Después descubrí que las noches que no escribo suelo nacer muerto al día siguiente. En otro orden de cosas, nato el 15 de junio de 2013, en Sevilla, y actual estudiante de Derecho y Ciencias Políticas. Nada que ver.
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Leopoldo María Panero. Foto de José Ramón Vega

Leopoldo María Panero. Foto de José Ramón Vega

En una de estas, en un soplo de aeropuerto, se murió Leopoldo María Panero, su majestad lírica del manicomio. Su majestad en minúsculas. Dejó los versos más sinceros que recuerdo. “No es tu sexo lo que en tu sexo busco”, mi favorito. De toda la vida muchos hemos intentado buscar nuestro propio estilo, por parecernos a los grandes. Ser delicado en la intensidad, como Neruda; de una sensillez aguda y sensual, como Benedetti; o con esa clase que despliega Luis Alberto de Cuenca. Sin embargo a veces creo que lo más difícil es ser sincero, y expresar las heridas como lo que son, y expresar el sexo con la franqueza que el sexo desprende; y expresar todo como lo que es cada cosa.

Me sucede lo mismo con Extremoduro. Ese anterior verso a degüello de Panero tuvo como seguidores fieles, al menos en el estilo, a este grupo extremeño durante su primera década de existencia; ellos hablaban, sobre todo, de droga. Se me marcó a fuego la letra de Jesucristo García, de entre todos los significados que se le pueden sacar a esa canción, a día de hoy, el que yo le doy es “soy Dios cuando me drogo y no le temo a nada por haber conocido el mismísimo infierno”. Y es duro, pero eso también es poesía.

Pero, ¿cuál es el precio? El precio del admirado poeta maldito, loco, el poeta de las buhardillas de París y la tuberculosis, el sida, los guiños blancos a la nariz y la cirrosis. ¿Cuánto vale? Y antes de eso, ¿es necesario?

Son cosas que nos preguntaremos toda la vida los que no nos drogamos (de hecho, me da miedo) o los que no necesitamos ir a un manicomio. ¿Qué hubiera pasado si Antonio Vega jamás hubiera visto un gramo de heroína? ¿Hubiera podido escribir Se dejaba llevar? Está claro que esa canción ha provocado unas emociones incontables en el resto, no conozco a absolutamente nadie que opine mal de esa canción, y sin embargo, es su confesión, su carta abierta: “Soy heroinómano”, lo que si no eres una estrella del rock significa “soy un puto yonki”. ¿Merece la pena la felicidad del resto por una muerte más bien segura y pronta?

Lo cierto y verdad es que, efectos mariposas aparte, podríamos haber continuado nuestras vidas sin Se dejaba llevar y las canciones que el Robe (cantante de Extremoduro) le escribió a las que por allí pasaban también son bonitas. Al otro lado de la opinión, las canciones más trascendentes de Extremoduro son sobre lo que son, y son clave en la evolución del rock español a partir de los años noventa. Siguiendo este argumento, Sabina en un documental de Canal Plus admitió que gran parte de la culpa del álbum 19 días y 500 noches la tuvo la ingente cantidad de cocaína que ingirió durante dos meses. Vale, está bien, ¿y con el problema de cerebro que casi le manda al otro barrio qué hacemos? ¿Seguro que la coca no tuvo nada que ver?

Ellos son los cisnes negros del arte. Nosotros los príncipes medio atontados que no saben elegir. Pero es tan seductora su obra que no podemos resistirnos a esa rebeldía contra todo, incluso contra la vida que ponen en juego. Lo malo es que el cisne negro se equivocaba, como se equivocaba la paloma y cuando el trigo en verdad fue agua no se alimentó lo suficiente y acabó como acaban las brújulas con los imanes.

Creo que es un problema de confianza en la imaginación de uno. Nadie necesita drogarse o estar loco para abstraerse, pero nos han hecho creer que sí por el mito que vende más camisetas muerto que vivo. El problema es que nos llevan diciendo toda la vida que pensar cosas surrealistas es pensar en tonterías que no servirán de nada, pero de esas manifiestas absurdeces suelen nacer las mejores historias que se pueden contar.

Muy poca gente se para a escuchar a su imaginación, y esa droga provoca la tasa de mortalidad infantil más alta de este planeta. No hay cosa que mate más niños, si nos ponemos metafóricos.

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