Opinión y Pensamiento

Orgullo y Zerolo, 11 años después

ORGULLO Y ZEROLO, 11 AÑOS DESPUÉS

Tenemos en este sitio del mundo la manía de no reconocer el valor de una persona hasta que se muere, ahora a Zerolo le quieren poner una plaza en Chueca, barrio gay de Madrid. Creo que tenemos que aprender a homenajear en vida para que la persona homenajeada disfrute. Quiero reflexionar sobre estos últimos once años, sobre cómo ha evolucionado la sociedad, sus casi siempre desagradables términos y sus actitudes.

Cuando Zapatero llegó al Gobierno de España veía desde el Instituto la Iglesia de justo al lado, el cura, Pepe, era una gran persona, comulgaba y se confesaba con él la mitad de mi barrio. Era y sigue siendo el solar vecino de la gran Academia de Sevilla Este. Había un chico en mi instituto, el típico chico al que se los arquetípicos abusones siempre llamaron “maricón” con esos aires de superioridad ignorante y cobarde del que insulta cuando es adolescente. Del mismo modo, para esa época, Pedro Zerolo era “el maricón ese del PSOE de Madrid”. Ya saben de esa fórmula, un artículo “el”; el nombre o mote “maricón” y finalmente el demostrativo “ese”, como una forma de desprestigiar nominalmente en este idioma nuestro.

Sería atrevido decir que “los maricones” eran todos Pedro Zerolo en aquel momento, pero, queramos que no, parecía ser el único homosexual al que veíamos por televisión con un trabajo que no fuera el de ser el afeminado oficial de la cadena, un estereotipo que comenta por televisión las idas y venidas del famoseo español, etiquetas de la España cañí, tan preocupada de vender al mejor postor su simpatía de caspa, aún quedan restos de esa España de marmotas ibéricas.

Han pasado once años, he pasado de estar en el instituto a estar terminando la carrera. Esta época de mi vida ha sido maravillosa, entre otras cosas porque según pisé la Universidad Pablo de Olavide conocí a Ana, que pocos días más tarde de ese septiembre, mientras dos “machotes” hablábamos de la belleza de una compañera, ella dijo: “pues, bueno, tampoco es que me haga dedos pensando en ella, pero está bien.” Cinco años después de aquel dos mil cuatro, Ana hablaba “como un machote”. Si bien entre la juventud el gay ya no tenía por qué esconderse, o eso parecía, ahora eran las mujeres quiénes reclamaban visibilidad. Era ya 2009.

De eso han pasado seis años. Del chico del instituto no sé demasiado, si sé que aquella Iglesia sigue allí. Ojalá un día la ocupe Rafa, que es dominico y no habla de “maricones”, ni de “lesbianas”, contempla el mundo pastoralmente, así que sólo ve personas. ¡Personas! ¡Esa es la palabra! ¡Personas y punto! ¡Personas y nada más!

Es, quizás, atrevido decir que Pedro Zerolo cambió la percepción de una sociedad: En 2004, el movimiento LGTB estaba lleno de “maricones” para la mayoría de España, luego lleno de “homosexuales”, luego lleno de “personas”, el sutil matiz de la terminología es importantísimo. En cualquier caso, no es tan atrevido decir que si los que en 2004 éramos adolescentes nos enteramos de que un político podía tener una relación con un abogado fue gracias a “el Pedro Zerolo ese”. Consecuentemente, descubrimos un poco más del ser humano.

La metafísica de las palabras, es decir, lo que se dice más allá de significante y significado, es precioso: Tanto han cambiado nuestras palabras que el martes pasado Kike, que ha vivido estos once años conmigo, dijo: “El otro día vi a la pareja de Bacca”, sin especificar si dicha pareja era mujer u hombre, ¿qué más da? Pero me resulto curioso que sobre un protagonista de uno de los campos magnos de la heterosexualidad, el fútbol, Kike hablara de “la pareja de Bacca”.  Uno no deja de aprender cosas, poco después de que Ana dijera aquella frase tan estridente de la que ella sólo se acuerda porque se lo recuerdo yo (y luego ella ríe con sarcasmo y me llama cateto), Nuria y María Jesús empezaron a enseñarme que no es que Ana hablara como un machote, es que los machotes éramos, por lo general, unos imbéciles y que Ana con esa frase nos estaba parodiando, así que dejé de ser machote y me uní al bando de las personas. Tanta es la influencia de Nuria y María Jesús que siempre que escribo pienso en qué dirían ellas, en cuanto a género, sobre mis escritos. Quién escribe es un hombre, aún joven, blanco, ateo, heterosexual y de clase media, tengo una condición políticamente correcta, pero once años después de aquel dos mil cuatro puedo llorar viendo cómo Anabel, que estaba en mi instituto y siempre hizo lo que quiso, cantaba en un musical. ¿Qué hombre podía emocionarse en algo así hace once años? ¿Qué me hubieran llamado “los machotes”?

Once años después de aquel 2004 soy ya un hombre que se enorgullece de decir que en la medida de sus posibilidades va hombro con hombro con quién luche por la libertad de las personas, en todos los movimientos posibles. Igual estoy con quién lucha por la libertad sexual, que con aquellas discriminadas por la circunstancia de no ser blancas, que con aquellas a las que, por la circunstancia de sus órganos reproductores, tienen un sueldo más bajo que sus compañeros haciendo lo mismo: Hombre y feminista; hetero y activista pro LGTB -si pudiera yo llamarme activista- y desde luego reconocedor de que aún me queda mucho que aprender. Todo esto es gracias a personas como Pedro Zerolo. Ahora leo en twitter que el activismo LGTB, el feminismo y el PSOE han perdido a un gran militante. No, no es cierto, cuando muere un luchador (o una luchadora), quién pierde verdaderamente es la sociedad.

El caso es que once años después de aquel 2004, no sólo salen del armario cada vez más personas, lo bueno de todo esto, es que cada vez hay más personas que entienden que en el armario no hay por qué entrar.

Descanse en paz, Pedro Zerolo, en el nombre de tantas personas a las que aprecio, de tantas personas que llegarán al mundo y serán como les de la gana ser, gracias. Y ustedes, mis amigos y amigas, como decía el cura de mi barrio, del que sólo puedo hablar maravillas, háganme el favor de ser felices.

Fernan Camacho
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