Memoria del 4D

Banderas a Caparrós

Foto de Nonio Parejo

Yo no tendría vergüenza, ni agallas para mirarme mañana al espejo, si solo dedicara este momento a lanzar, desde esta tribuna, agradecimientos floridos, alabanzas más o menos folclóricas y amanerados piropos a la tierra a la que todos los que aquí estamos amamos profundamente. De eso no me cabe la menor duda.

He de confesar que el hecho de haber sido un hombre con suerte, trabajada pero suerte, me hace dirigirme a ustedes con un cierto pudor, con un perdón entrecomillado por reconocer que la vida, hasta ahora, me dio más de lo que le pedí. Pero, atado a ese sentimiento, también camina de forma paralela otro que me empuja, que me obliga al compromiso irrenunciable de intentar devolver parte de lo que me ha sido dado.

Y me pregunto: ¿Podemos en estos momentos, en el que todos estamos inmersos, de una manera u otra, en una superlativa cacofonía de voces contrarias, acertar a decir algo que traspase el muro de unos oídos exhaustos de oír ecos discordantes, promesas vacías y declaraciones huecas? ¿Puedo pronunciar alguna palabra que aporte un cierto valor, o un mensaje de esperanza, y, sobre todo, algo no que posea el don de la verdad, eso sería demasiado pedir en un momento en el que parece que todos somos sospechosos de algo, sino que sea mínimamente creíble?

Yo, que soy un optimista estúpidamente romántico creo que sí, que sí es posible. No tanto por las garantías, y la credibilidad de quien os habla, sino por la voluntad del que escucha.

Pero para abordar esta tarea me veo obligado a abandonar el yo. El yo, hemos de reconocerlo, es feo. Es más bonito el nosotros.

(…)

El difícil episodio sobre el que ahora tengo que reflexionar abre ante mí las puertas de una casa llena de habitaciones oscuras, de pasillos llenos de recovecos, y de espejos que devuelven imágenes distorsionadas. Ante uno de esos espejos tratare de desnudarme. Abriré las ventanas para que podamos distinguir nítidamente cuál es la imagen que nos es devuelta.

El 4 de diciembre de 1977 yo participaba en los ensayos de una obra de teatro con mis compañeros del grupo independiente Dintel. Se llevaban a cabo estos en una casa en ruinas del malagueño barrio del Perchel. Yo tenía 17 años, los bolsillos vacíos, pero el alma llena de ilusiones y planes más o menos imposibles. A media mañana comenzaron a oírse a cierta distancia de donde nos encontrábamos los ecos de una multitud que iba poco a poco tomando las calles céntricas de nuestra ciudad. Los ensayos comenzaron paulatinamente a perder interés a medida que sentíamos la urgencia y la curiosidad por ver con nuestros propios ojos el acontecimiento histórico que estaba teniendo lugar a pocos metros de donde nos hallábamos. Debido a la falta de concentración que se apoderó de todos nosotros, el director de la obra decidió, con buen criterio, suspender los ensayos y dejarnos ir, decisión que fue recibida con alborozo por parte de todos los miembros del grupo.

Salimos de allí en estampida, y a poco nos incorporábamos al río de gente que avanzaba con aires más festivos que reivindicativos. Sorprendía la gran cantidad de personas que se había dado cita en aquella primera celebración del día de Andalucía, y el carácter alegre de la manifestación. Recuerdo ver muchos niños, algunos portados a hombros de sus padres, así como grupos de gente que, acompañados por una guitarra, entonaban canciones típicas de nuestra tierra. Frente a otras demostraciones callejeras de las que yo había sido testigo, aquella se desmarcaba y establecía un factor diferencial subrayado por las sonrisas en las caras de todos, por el orgullo de salir a la calle como andaluces, como pueblo que se reconocía en su propia idiosincrasia. Pero no duró mucho la fiesta, pues a poco de habernos unido a la manifestación, 10, quizás 15 minutos después, todo cambió. El lugar donde nos encontrábamos era el puente de la Prolongación de la Alameda. Desde esa posición, y a pesar de los años transcurridos, esto es lo que recuerdo.

Al principio, un detalle insignificante, pero al que recuerdo prestar atención. Una señora, con sus hijos de la mano, corría en dirección contraria al sentido de los manifestantes. Al pasar junto a nosotros la oí decir, “tenía que pasar, tenía que pasar“. Unos segundos después, no muchos, el número de personas que emprendían lo que interpreté como una huida, iniciaban el mismo camino en dirección contraria que había seguido la señora con los niños. Sus caras ya no enseñaban sonrisas sino miedo. A partir de ese momento, lo que recuerdo es una concatenación de imágenes confusas y rápidas que probablemente han sufrido el desperfecto lógico tras haber permanecido muchos años en los cajones de mi memoria. Luces azules de las furgonetas antidisturbios, carreras desesperadas, caídas, una bandera con los colores de nuestra tierra caída en el suelo y en la que se enredaban los pies de alguien que corría, un bote de humo que saltaba entre la gente que se empujaba, gritos en medio de una niebla que se agarraba a la garganta.

No lo supe en aquel momento, pero a muy pocos  metros de donde yo me encontraba, la vida de Manuel José García Caparrós había pasado del blanco y verde de la mañana al negro eterno de lo irreversible, de lo que ya no tenía arreglo. Había caído abatido por un disparo que hizo diana en el corazón de todos los andaluces, tiñendo de dolor a un pueblo que minutos antes cantaba ilusionado el inicio de un camino hacia un futuro que habría de salvar obstáculos, momentos claros y oscuros, vicisitudes, pero que estaba rodeado de esperanza.

Confieso sentir un estremecimiento casi sobrenatural al comprobar lo paradójico de este momento en el que me encuentro en relación a Manuel José. El haber estado a tan pocos metros de él cuando se enfrentó a sus últimos pensamientos, su última mirada a esa Andalucía que se desmoronaba a su alrededor, y volver a reencontrarme con su memoria el día en que ambos recibimos el título de hijos predilectos de nuestra tierra es hoy para mí motivo de reflexión compleja y profunda. Desata un aluvión de preguntas a las que me veo obligado a responder por respeto a ti, y al precio que pagaste por salir a la calle aquella mañana del 4 de diciembre a defender la libertad, el nombre de tu tierra y la dignidad de sus gentes.

Manuel José, hoy sé que el disparo que te mató podría haberse alojado en cualquiera de los que estábamos cerca de ti. Podría haber sido para mí y todo lo que desde entonces me ha acontecido habría sido borrado. Las  cosas que he visto, la gente que he amado, la hija que tuve, las batallas que gané y las que perdí no existirían. Eso es lo que te fue robado. Por eso hoy se te hace justicia, por eso hoy tu gente te quiere devolver lo que se te arrebató, y el espejo frente al que, hace unos momentos prometí desnudarme, me devuelve hoy tu figura. Y a mí me gustaría pedirle permiso a tu familia para, en este día en el que ambos somos nombrados hijos de nuestra tierra, decirte, hermano, dame la mano y volvamos al Día de Andalucía del año 77, y completemos lo inacabado. Salgamos de nuevo a las calles de nuestra tierra para gritar lo que no pudo salir de tu garganta. Que somos un pueblo que respira libertad. Que el andaluz camina sin miedo a perder su identidad pues está soldada a lo más profundo de su alma.  Que entre el ser o no ser, Andalucía siempre eligió el ser. Que reconocemos nuestra imperfección y en esto sólo vemos un estímulo para seguir creciendo. Que en estos días turbios y confusos no podemos correr el riesgo de convertirnos en aquello que criticamos.  Que para vivir la vida hay que mirar hacia adelante, pero para entenderla hay que mirar hacia atrás. Por eso me apoyo en ti Manuel José, y te digo que, en estos momentos difíciles, Andalucía para mí no es una región, o un pueblo, un sentimiento, una idea, o un proyecto, Andalucía es para mí en estos momentos una necesidad. La respuesta a mis preguntas más trascendentes. Por eso vuelvo y nunca me separo del todo, porque al sentir el palpitar de esta tierra me conmuevo, entiendo el ritmo de la vida y acepto la certeza de la muerte. Lo digo frente a la memoria de un hombre que entregó su vida por una Andalucía libre. (…)

(Extracto del discurso de Antonio Banderas en el que homenajeó a Manuel José García Caparrós, al que también concedían, 36 años después de su asesinato, la distinción de Hijo Predilecto de Andalucía)

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