Literatura

Tres libros de Antonio López Ruiz

Granada desde los jardines del Generalife. Foto de J. A. Alcaide para Tres libros de Antonio López Ruiz

Tres libros de Antonio López Ruiz

Francisco Gil Craviotto

I.

Antonio López Ruiz (Murcia, 1924 – Almería, 2013), como su homónimo Antonio Machado, era profesor de Francés y, también como él, en los ratos libres que le dejaban las clases y corrección de ejercicios, se dedicaba a escribir. De preferencia poesía; pero, a veces, también prosa. Poesía y prosa, huelga añadirlo, de una gran calidad que él, poco dado al exhibicionismo literario y a estar en candelero, celosamente guardaba y rara vez publicaba. Sólo muy de tarde en tarde, aparecía aquí, allá o acullá, un poema suyo o la noticia de un premio que había obtenido en tal o cual concurso. Era tan recóndito su pudor que sólo a la familia se lo comunicaba. Ahora, apenas un año después de su fallecimiento, ocurrido en la ciudad de Almería el pasado 2013, sus hijos, hurgando en cajones, carpetas y ordenadores del maestro, han encontrado material más que suficiente para dar a la imprenta un poemario de algo más de cien páginas. Su titulo es Sonetos a destiempo. A este libro póstumo debemos añadir otros dos —éstos en prosa— que, aún en vida, pero en los últimos años del escritor, vieron la luz: Asesinato en el Generalife y Querida Lisi y otros relatos. Lo más asombroso es que los tres, cada uno en su especialidad, tienen un indiscutible interés. Se impone, a la hora de comentarlos, hacer parada en cada uno de ellos. El lector me va a permitir la licencia de no seguir el orden cronológico de publicación, sino el más literario —o acaso antojadizo— de primero poesía y después prosa.

Sonetos a destiempo es un poemario de poco más de cien páginas, que viene precedido de una breve pero elocuente semblanza biográfica de Antonio López Cruces, hijo del poeta y actualmente profesor de Literatura en el instituto Miguel Hernández de Alicante. El poemario, propiamente dicho, comprende unos cincuenta sonetos, escritos por nuestro autor en distintos momentos y lugares, pero siempre marcados por una misma característica: una contenida emoción y una innegable calidad.

En la solapa de la obra se nos informa de que el núcleo principal de este libro obtuvo en 1987 el segundo premio de poesía del Centro Superior de Investigaciones Científicas. A renglón seguido se nos dice: “Su autor, extremadamente perfeccionista y respetuoso con el oficio poético, nunca se decidió a presentar a la luz pública el volumen, que iría creciendo con nuevos sonetos”. Este detalle viene a confirmar el obsesivo recato de López Ruiz y su horror por el publicismo y el vocerío, una característica de su personalidad que contrasta enormemente con el desaforado culto por el ego, siempre pregonado a voz en grito, de muchos poetas y escritores actuales.

Gracias a la información que nos han facilitado los hermanos López Cruces sabemos que el gusto por la poesía comenzó en Antonio López Ruiz en muy temprana edad: sus primeros sonetos datan de 1943 —sólo 19 años— y en los años siguientes de esa misma década ya escribió veinte y cuatro poemas. Esta pasión por la poesía corre paralela a su amor por la música. Tocaba el laúd, la bandurria y la armónica con soltura y amaba especialmente la canción francesa. Sus hijos le oyeron tocar más de una vez Mademoiselle de París.

Por las mismas fuentes sabemos que un primer esbozo de este libro se llamó El gozo creador y constaba sólo de quince sonetos, fechados entre 1970 y 1985. Poco después, en 1987, hizo una primera edición familiar de fotocopias de ordenador para sus hijos, en la que ya aparece el libro con su título actual de Sonetos a destiempo. Ese primer proyecto fue creciendo y sufriendo diversas transformaciones, todas ellas fruto de su acendrado perfeccionismo, hasta llegar a los cincuenta sonetos del libro actual.

La versión ahora impresa podemos dividirla, en razón del tema, en varios apartados —poética, cosmos, paisaje, la huella religiosa, el paso del tiempo, las estaciones del año, etc.—, pero entre todos estos temas se impone, por su honda veracidad y lirismo, el de la musa y esposa, Pepita Cruces, fallecida en 1990, que, como antaño le ocurriera a Machado con Leonor, se convierte en el motivo más perenne y evocador de la poesía de este libro:

Canto tu nombre, amor, mujer, esposa,
grito mi dicha al campo, al mar, al viento,
con pétalos de lluvia en cada acento,
con sílabas de luna en cada rosa…

Pero, ¡ay!, esa dicha de amor que el poeta canta y lanza al campo, al mar y al viento, un día no demasiado lejano, se trocará en el dolor de la inevitable despedida. Él la presiente junto al lecho de la enferma:

Mis dedos no retienen ya su vida
y no se salvará si Tú no quieres;
sabes, Señor, que hiriéndola, me hieres
y sabes mi dolor al verla herida.

Pero el diálogo con Dios, que vagamente recuerda el de Machado cuando pierde a Leonor, no tiene respuesta, no puede tenerla: la esposa muere y el poeta, viudo y solo, va arrastrando su soledad. Así lo testifica otro de los sonetos:

Un año ya sin ti, querida ausente,
sin verte, sin oírte, sin hablarte,
un año de llorar y recordarte,
fingiendo que estoy vivo entre la gente.

Pero, justo es reconocerlo, en este meritorio libro de sonetos no está toda la producción poética de Antonio López Ruiz. Quedan muchos poemas sueltos que, poco a poco, imagino, los hijos del poeta irán recopilando, ordenando y publicando.

II.

El libro Asesinato en el Generalife se publicó en 2012, justo un año antes de la muerte de Antonio López Ruiz. Se trata de una novela del género o subgénero negro. Una variedad literaria que, hasta hace poco, se consideraba de segunda categoría, pero hoy día, gracias a que autores de primera importancia —tal es el caso, por ejemplo, de Vázquez Montalbán— la han cultivado con notable éxito, ha subido el peldaño que le faltaba para codearse con todas otras formas de narrativa literaria. Antonio López Ruiz siempre fue muy aficionado a este tipo de novela y en su biblioteca se encontraban obras de todos los autores de novela negra, tanto españoles como extranjeros.

La novela comienza en París, en una plaza del distrito XX, la Plaza de Gambeta, muy próxima al famoso cementerio de Père Lachaise, donde reposan los restos de muchos franceses famosos de épocas pasadas. Allí, en una de las esquinas de esta anodina plaza de la zona Este, se abre, según la novela, una pequeña agencia de viajes. Un cliente llega pidiendo información sobre los viajes a España y más concretamente a Granada, en esas fechas muy de actualidad debido a los Festivales de Música y Danza. Mientras este viajero compra su billete, otro individuo, calado con sombrero y aparentemente distraído mirando los folletos de publicidad, sigue con ojo avizor todos los movimientos del primero… Por qué lo vigila y qué relación existe entre uno y otro, es algo que pertenece a la trama de la obra y aquí no lo vamos a contar. Sólo vamos a adelantar que en esos días —verano de 1962— Francia se halla sumida en plena guerra de Argelia, con dos grupos armados hostiles, el FLN y la OAS. El primero lucha a favor de la independencia de Argelia y el segundo por la continuidad en la órbita de Francia.

El resto de la novela transcurre en Granada y muy especialmente en los jardines del Generalife, escenario del crimen que anuncia el título del libro, pero también rincón florido y paraíso de turistas que, cámara en ristre, vagan entre arriates y surtidores de agua. Por la noche tienen lugar los conciertos y representaciones de ballet de los Festivales. López Ruiz evoca así el ballet de Antonio:

Martes. Segunda actuación de Antonio. La noche anterior había estado magnífico, como siempre, (…) Era un tipo de ballet muy diferente del que habitualmente presentaba. (…) Aquella noche actuaría de nuevo Antonio en el Teatro del Generalife y había expectación por el ballet anunciado como estreno. El día era hermoso.

Sólo nos queda añadir que la acción que se cuenta en esta novela responde a unos hechos verídicos que el autor conoció de primera mano.

Querida Lisi y otros relatos. Integran este libro siete relatos, de los cuales, tres han sido premiados en distintos concursos literarios. Antes de entrar en cada uno de estos relatos me parece oportuno señalar una nota común que afecta todos ellos: se trata de narraciones que invitan al lector a pensar. Esto, en un país como el nuestro, en el que de cada diez cabezas una piensa y nueve embisten, acaso resulte arriesgado, pero esa es la realidad y, aún asumiendo el riesgo de espantar a más de un lector, me parece de justicia señalarlo.

El primero de los relatos, Querida Lisi, que da título al libro, cuenta cómo un niño se enamora de una mujer adulta: el futuro escritor Francisco de Quevedo y Villegas de la infanta Isabel Clara Eugenia, la hija de Felipe II y de Isabel de Valois, a pesar de la gran diferencia de edad: ella nació en Valsain el 12 de agosto de 1566 y él no vino al mundo hasta el 14 de septiembre de 1580. Nada menos que catorce años de diferencia. Sin embargo, según el relato, este amor perduró a través de los años y los poemas de Quevedo a Lisi, nombre que escondería el de Isabel Clara Eugenia, lo vendrían a confirmar.

El segundo relato, Fray Álvaro de Osuna, es la historia de un fraile obsesionado con el deseo de encontrar un sentido lógico a las oraciones de la Iglesia Católica, a menudo pésimamente traducidas. Esto le llevó a hacer ciertos cambios en las oraciones más conocidas. He aquí algunos ejemplos: el cántico de Navidad: “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”, que, pasado por la criba de Fray Álvaro, quedaba así: “Gloria a Dios en las alturas, paz en la Tierra y buena voluntad en los hombres”. Otro ejemplo aún más llamativo: su versión del Credo quedaba así: “Creo en Dios Padre misericordioso, creador del Universo; en Jesús, hijo de Dios, Señor y hermano nuestro, concebido por la acción del Espíritu Santo, nació de María…”. En el relato no se informa al lector si estas extravagancias terminaron costándole al fraile la vida en una santa hoguera inquisitorial.

El tercer relato, Llámame Albert, trata de una aparición. No una Virgen que se aparece a un pastorcillo o pastorcilla, para pedir la construcción de una iglesia o una ermita en tal o cual lugar, sino un sabio de primera categoría, nada menos que Einstein, que una plácida tarde, poco antes de la puesta del sol, se apareció al autor. ¡Se apareció y no pidió nada! El narrador aprovechó la ocasión para hacerle las preguntas que a cualquiera de nosotros se le hubiesen ocurrido. He aquí lo que responde, por ejemplo, a la pregunta de cómo es Dios: “Incluso allí, sigue siendo extraordinariamente difícil decir algo concreto acerca de Él. Digamos que es… ¿cómo te diría yo?, como una especie de sol amoroso que envuelve todo con su calor y su luz y que nos hace sentirnos totalmente libres y muy a gusto; es como una afectuosa Presencia personal, cordial y radiante…”.

También merecerían un detenido comentario los otros cuatro relatos del libro, pero la falta de espacio me impide hacerlo. No quiero ni puedo terminar estas líneas sobre Antonio López Ruiz sin hacer mención de sus grandes conocimientos de arte (escribió, en colaboración con Antonio Aróstegui, un libro, Sesenta años de arte en Granada, que ahora es una joya de biblioteca) y de otra característica muy suya que de nuevo me lleva a Machado: era, como su tocayo, un hombre bueno y generoso, incluso me atrevería a decir, buenísimo. Y esto, en un mundo de mezquindades y tropelías como el nuestro, es algo que no tiene precio. Desde estas líneas, escritas en esa Granada que él tanto amó, le deseo una feliz eternidad al lado de su esposa y musa, Pepita Cruces, y su perenne amigo Francisco de Quevedo y Villegas, cojo y miope, pero una de las plumas más lúcidas y cultas que dado este país.

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