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La educación para la paz

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La educación para la paz

Por María Zambrano

La educación hay que considerarla en vista de y para, ante algo y para algo, ante una situación y para preparar otra. Pues si no fuera así, si la educación no preparase para algo, sería un simple adiestramiento mecánico.

Es más, la educación ha de responder a esa especie de constante profetismo que hay en la historia humana. Y en este hondo sentido, la educación, la escuela, la universidad, señala, como si de un dedo índice se tratara, el camino a proseguir, la meta a alcanzar.

Nada tiene pues, de extraño que el hombre, habiendo llegado a la madurez de su vida, vuelva su mirada hacia la escuela, recuerde en ella los años transcurridos, rememore el pensamiento, el ánimo que entonces le habitaba y eche de menos a la gente renovadora que le mantenía en estado de vigilia.

Y es que la persona que no está marcada por una actividad creadora o por una de esas profesiones que exigen un continuo descubrimiento de la realidad, los años de su educación, lejos de ser el pasado, son como la tierra del porvenir, desde la que a veces se elevan hasta su conciencia voces cargadas de inquietantes insinuaciones que le repiten: “Tú podrías ahora ser cosa distinta y más valiosa de la que has llegado a ser sin advertir siquiera que se te perdía lo mejor de ti mismo, tus más preciadas posibilidades, las cualidades intelectuales y de carácter que te distinguían. Te has hundido en la dejadez y, sin advertirlo, te has ido pareciendo cada día más a aquellos que te parecían ser la banalidad misma. Tu vida es igual a la de esos otros que te rodean y te borran“.

Y con igual insistencia, esas voces le atormentan cuando se refieren a él de esta manera: “Ya no te acuerdas ni tan siquiera de aquellos horizontes hacia los que tu vista entera se remitía en un acto de amor; sólo miras por ti. El habitar tu ciudad, tu país, el mundo es sólo un hecho y todo podría mudar en ellos sin que te enteraras con tal de que no tocase a tu personal bienestar. Ese bienestar que significa para ti más que la comodidad o la satisfacción inmediata, más que la justicia, la alegría, la paz. Y ahora, estás agazapado bajo ese bienestar como un animalejo atemorizado en su madriguera, o como un molusco en su concha insensible al océano que lo contiene y al firmamento que sobre él se alza. Y tu vida es apenas vida“.

Ocurre pues, que mientras duran los años de educación, el hombre lanza la tensión de todas las potencias hacia el porvenir, hacia el porvenir personal y hacia el del mundo entero. Rara vez, pocos son por fortuna, los educandos imantados por el presente, o los que se encuentran por él obnubilados. Por el contrario, su mirada tiende a ver más allá de su inmediato contorno y su mente relaciona, con mayor o menor acierto, lo que en su entorno no ha sucedido todavía, pero que se anuncia, con lo que sin anunciarse todavía ya se presiente. Es ésta la nobleza de la juventud.

Y son los maestros, los que ostentan con dignidad este nombre, los que han logrado ese estado de juventud perenne, quienes sostienen esa tensión hacia el futuro, los que a la par que la despiertan, la limitan equilibrándola para que en el joven no se fugue hacia el horizonte, hacia un horizonte lejano en el tiempo y el espacio. Son ellos los que le retienen, usando una medida eficaz sabiamente establecida y ofrecida sin imposición, una medida dada musicalmente diríamos.

El maestro, verdadero vigía de la sociedad y de la historia, que ha logrado mirar y ver a lo lejos percibiendo con máxima acuidad el presente, y viendo la realidad y su cerco y lo que existe más allá de ese cerco, se ofrece como tierra a conquistar para la nobleza de la historia humana. En verdad, todo maestro, con que lo sea mínimamente, con que lo sea en grado suficiente, está a salvo de caer en ese estado por que el «yo mejor» de cada uno nos lanza esas quejas antes apuntadas.

Sucede que la vocación no permite descansar ni a los que se encuentran alcanzados por ella, ni a las personas menos vehementes que se acomodan en la satisfacción. La vocación es fuego sagrado y basta con una centella para que ni el descanso ni el acomodo puedan con su arena apagarlo.

Si las gentes comprendieran la implicación de todos estos supuestos, querrían ser maestros para permanecer hasta el final de sus días siendo jóvenes entre los jóvenes. Pues cada oleada de juventud que acude a sentarse al aula mantiene al maestro cara al futuro y le rejuvenece y de ella recibe la vibración renovada del mar de las generaciones. Y sin apenas percibirlo, sin que tenga que darse cuenta de este fenómeno, gracias a este continuo flujo y reflujo, el maestro recibe el impulso para mantenerse en el nivel de la historia.

Al nivel de la historia, al nivel más alto de la historia, y así considerada en cada período, debe estar la educación. Y ésta ha de ser entendida en un sentido más amplio, como una flecha de ir y venir continuo, que parte del maestro y llega al discípulo, pero que a su vez, desde este último retorna al primero. La educación ha de verse como un intercambio, como una conjunción, y en última instancia, como una especie de simbiosis entre maestros y discípulos, entre las ideas establecidas y la realidad múltiple y cambiante.

Mas en esa realidad múltiple y cambiante de la que es portadora cada generación y aun dentro de ella, entre todas las oleadas de juventud, entre todas las promociones, siempre hay alguna que reclama mayor atención, alguna que no espera. La historia, que por eso tiene un nivel, presenta, en cada período de tiempo apreciable, una o incluso varias exigencias. Y si se miran bien, estas varias exigencias apuntan generalmente a un centro común, a una exigencia que no puede ser aplazada. Aquí radica lo que la humana historia tiene de inexorable: todo escrutador de la historia acaba por descubrir que la historia, toda quizá, no tenga sino una finalidad que se manifiesta bajo diferentes figuras y no siempre con la misma claridad y que no es otra que el axioma de unidad. Este último postula una historia universal, una historia única que trascienda y vaya más allá de todas las diferencias reales y de todas las apariencias.

La paz, exigencia de esta hora

Este siglo, que se encuentra ya abocado al XXI, ha presenciado tantas guerras como cualquier otro de nuestra occidental historia. Y ha habido guerras de todas clases: mundiales, regionales, entre dos países, guerras civiles, y también revueltas y revoluciones. Guerras de conquista y de dominio, inspiradas por infrahistóricos delirios, guerras de liberación, guerras para liquidar viejas colonizaciones; guerras de mayoría de edad por las que un país o conjunto de países han luchado por una entera y completa independencia, por su derecho a determinarse autónomamente. Se han producido guerras por motivos ideológicos, enfrentamientos que tanto recuerdan a las guerras de religión que se tenían ya por desaparecidas, y guerras bajo las que subyacen motivos económicos no siempre declarados. Guerras declaradas y sin declarar que, a fin de cuentas, son lo mismo, guerras en definitiva clandestinas y encubiertas. Y también nos ha acompañado la guerra fría, esa que ha llenado todo un período estelar después de la Guerra Mundial; una guerra fría que ha llenado el tiempo de la posguerra y que ha sido en realidad la guerra de la angustia. La angustia, que filósofos como Heidegger hacen surgir de la nada, ha sido, como tantas veces acontece con el pensamiento filosófico, un tanto profética, si sustituimos la nada por el ser de la no guerra, que sigue siendo guerra sin embargo; es como esa nada que lo llena todo, como en español decimos, que penetra en los ambientes y los adensa hasta hacerlos asfixiantes.

Son guerras pues de cuantas modalidades pueda uno imaginarse. Y no sabemos si alguna forma de guerra no habida en este siglo queda todavía por manifestarse mientras se cobija en ese remoto lugar de lo latente. Nos gustaría decir que no, que ya no nos queda guerra por sufrir, mas no es ésta la verdad; pues hoy nos es fácil perfilar en nuestra mente una más, la última, la guerra nuclear, la guerra final, la que sellaría el fin de la actual civilización, si no el acabamiento del planeta y la que convertiría a la Tierra en un astro muerto, errante por los espacios siderales, tumba del hombre suicida en definitiva.

Y es justamente esta última posibilidad de guerra de exterminación total, esta conjetura de una guerra absoluta y suicida, la que puede hacer surgir el sello de la historia guerrera de la humanidad y convertirse, de esta manera, en la puerta capaz de abrir una nueva era, una nueva historia en verdad, una historia en la paz, la historia en paz.

Tal es la confianza y aun la convicción de la mayor parte de los que ostentan la responsabilidad directa e inmediata de los asuntos del mundo, de los que pueden decidir esas cuestiones conflictivas que supondrían el desencadenamiento de esa fatal posibilidad que traería consigo una tétrica realidad y a cuyo cumplimiento no nos sería dado asistir siquiera. Mas esa confianza y ese convencimiento ha de engendrar en tales responsables la más constante y atenta atención, la mayor flexibilidad, el más preciso tino, ese tino que alumbra en apenas unas décimas de segundo, cuando las palabras están a punto de aflorar a los labios y consigue que se las trague el silencio.

No podemos señalar el grado con el que los dirigentes del mundo entero, pues del mundo entero se trata, han cumplido o cumplen cada día su inmensa función. Podemos constatar tan solo, aunque sea de manera perogrullesca, que hasta el día de hoy, la conflagración ha sido evitada. Ni siquiera podemos medir la distancia a la que hemos estado, en algunas ocasiones, del inicio de ese conflicto último y definitivo.

Muy pocas personas se encontrarán en situación de medir estos tiempos, estas distancias. Tampoco tiene mucha importancia el hacerlo. Lo que cuenta en los acontecimientos de la vida es ese último espacio apenas mesurable, que en ocasiones separa el sí del no, lo posible de lo real. Este estrecho espacio representa un absoluto a su vez.

A la inmensa mayoría de nosotros, que no pertenecemos a esa minoría de hombres encargados de analizar esas distancias, o encargados de gobernar, no nos aprovecha demasiado esa constante tensión de asistir sin poder intervenir en tan tremendas situaciones. Sin embargo, a nosotros nos compete otra función. Si la paz ha de ser mundial, universal, no es posible que quede ningún país por grande o chico que sea, ninguna clase social, ningún grupo humano, ni ningún individuo al que no le corresponda hacer su parte. Una parte que puede aparecer como insignificante, pero que resulta indispensable. Pues toda acción humana es eficaz, está cargada de significación.

Y existe un campo inmenso, el de la educación, donde el esfuerzo por el logro de la paz efectiva no resulta en absoluto arduo o pequeño. La educación constituye un campo privilegiado y lo es porque si en él no se deja crecer esta nueva planta de la paz como estado permanente y “natural” del mundo humano, ésta no podrá darse en verdad. Sin educación para la paz no habrá paz. Si los dirigentes pueden hacerla, sólo la educación puede establecerla.

Qué es la paz.

¿En qué consiste esta paz hasta ahora no habida, cuya consecución es hoy exigencia del momento, dintel para la continuación de la historia, la paz de la que la suerte del mismo planeta depende?

Se suele definir la paz como la simple no guerra, reconociendo desde luego la diferencia extensa y profunda que aporta, en todos los aspectos, la paz a la vida humana. Ante todo, la paz existe como símbolo de riqueza. Conocida es la estatua del período clásico griego, Eirene con Plutos, del escultor Cefisodoto, que representa a la paz llevando en sus brazos al dios de la riqueza.

Los filósofos se han ocupado también de la paz. Sólo de manera excepcional, el pensamiento filosófico no ha convertido la paz en postulado, por ser un supuesto que ni siquiera se merece mencionar, o por ser un ideal al que es inexorable perseguir. La paz se concibe pues como un ideal que señala la estabilidad y el logro de la persona humana. Ya lo manifestó Kant en su meditación La paz perpetua, obra que tiene, dentro del conjunto de su perenne obra, el sentido de una postrimería. Para él, la paz supone una recapitulación última sobre la tierra para la condición humana, una tierra prometida para el hombre, que él mismo, como filósofo racionalista, ha de conquistar. Mas dicho sea de paso, el racionalismo de Kant se muestra impregnado desde su raíz en el cristianismo pietista en el que él naciera y viviera toda su vida. Y lejos de haber ruptura entre el pensamiento kantiano y el cristianismo, lo que se puede descubrir sin gran fatiga, se da una especie de trasvasamiento de la revelación moral cristiana a la conciencia del hombre o más exactamente aun, una lectura en la humana conciencia en su autonomía de la ley divina.

Sólo algunos filósofos, como el inglés del siglo XVIII Thomas Hobbes, en su Leviathan, son los que han descubierto en la naturaleza humana, la existencia congénita de la guerra. Así, afinadamente señala Hobbes que “el hombre es un lobo para el hombre”, lo que no quiere decir que apruebe moralmente esta condición, sino que por amor a la verdad y llevado de la imperiosa necesidad inherente a todo pensador a declararla, a la evidencia se rinde. Por su parte, Nietzsche, como tan turbia y equivocadamente han interpretado los propagandistas de cierta “ideología”, aceptó la guerra como constitutiva del estado moral humano viendo en ella el origen de ciertos valores superiores. Mas no debe ser motivo de escándalo esta aceptación, ya que el heroísmo, el amor a la patria, y el sacrificio de la vida por ella, han sido comúnmente aceptados e incluso exaltados. Lo siguen siendo y lo seguirán siendo mientras guerras haya. El amor a la paz no puede cristalizar en la negación de los valores heroicos y en el rechazo del sacrificio individual en aras de la persistencia de un país, de una cultura, de un nivel histórico alcanzado. El amor a la paz no puede confundirse con el egoísmo ni con la indiferencia ante los avatares decisivos en que se juega la suerte misma de la historia y de la condición humana.

De lo que se trata es simplemente de determinar el estado de la paz. El estado de la paz como bien positivo y a la vez necesario, como la “conditio sine qua non” es posible la marcha de la historia, según venimos exponiendo. Concretando, pues, la cuestión de la paz se nos presenta de esta forma:

1) La paz como estado definitivo de la historia humana.

2) La construcción de este estado, de esta forma de vida nueva.

3) Los obstáculos que se levantan frente al estado de la paz.

La paz como estado definitivo

Nunca se insistirá demasiado sobre la novedad de la paz, no como una situación más o menos transitoria, afortunada, como una bienandanza o como el resultado de una política especialmente feliz. La paz constituye una especie de premio. Y premio ha de ser, sin duda, el considerar la paz como el estado permanente al que el hombre, a través de la experiencia de las guerras, sea capaz de llegar por fin.

Mas, para que este estado sea efectivamente un estado y no una situación, como hasta ahora ha acontecido, es preciso que, si aceptamos que la guerra es algo congénito en la naturaleza humana, esta última debe resultar anulada por una especie de segunda naturaleza, en realidad, por la verdadera naturaleza del hombre, que es, a fin de cuentas, la racional, haciéndose efectiva, quedando así verificada.

En la actualidad, cuando ya hasta la imaginación del hombre medio alberga imágenes y suposiciones acerca de otras formas de vida de seres inteligentes en planetas por ahora desconocidos, se puede pensar que en estos nuevos astros o espacios, o al menos en algunos de ellos, la guerra sea desconocida por nunca habida o por ya olvidada. Y aunque éste parezca un recurso un tanto infantil, quizá este imaginar, este concebir la vida del más allá de nuestra atmósfera sin conciencia de guerras, nos ayude a imaginar, a concebir ese mismo estado aquí y ahora.

Pues no es un mal recurso la imaginación y el educarla ha sido siempre tarea esencial del maestro. Porque resulta que la imaginación se adelanta a la realidad, a la historia e incluso la sueña. La historia se engendra en los hontanares del sueño. Propio es de los humanos sueños la tendencia a realizarse, a encarnarse en la realidad. Hasta ahora, sueños de dominio, manías de grandeza han poblado la gruta de los sueños. Y lo peor es que los sueños tardan a veces en aterrizar sobre la realidad y lo hacen cuando quienes los soñaron han desaparecido, cuando sus autores se han desvanecido ya en apariencias. Mas existe una herencia de sueños que constituye un legado que secretamente a veces se transmite, a través de unas palabras, que quedaron impresas en un viejo libro, o a través de otras que quedaron revoloteando, como pájaros de mal agüero, en los árboles.

No podemos seguir pensando en la paz como si fuera un sueño de carácter utópico, pues mientras así lo hagamos, ésta será simple ilusión, como hoy sucede. Curiosamente ocurre que el hombre no se atreve a soñar el bien con esa fuerza llena de gravedad con la que debería encarnarse. Diríase que, a diferencia del humo, los sueños del bien y de la belleza se escurren y flotan hacia arriba, dejando eso sí, un perfume y un claro abierto en el aire, mientras que los sueños de dominio, de ilimitado poderío, de venganza, atraídos por un poderoso centro de gravedad, caen hacia abajo, se esconden bajo la tierra para después reaparecer sobre ella ocupándola, asediándola. Y de ahí que se precise de la voluntad para sostener los sueños de benéfica índole, faltos de ese peso originario y reclamarlos para que aniden abajo, para que se sostengan en el nivel de la historia, para que en ella misma se encarnen, se hagan vida, se conviertan en cuerpo.

No ha tomado cuerpo la paz como estado permanente ni definitivo. Ha aparecido como empresa utópica. No sabemos los humanos todavía que es la paz una realidad tan real como el hecho de que todos nosotros tenemos un cuerpo con el que nos movemos en el espacio y en el tiempo.

La paz ha de ser concebida como el “lugar natural” del hombre. En este caso, la noción aristotélica, un tanto olvidada y puesta en entredicho por el pensamiento moderno, cobra un excepcional vigor. Pues la idea del espacio como extensión indiferenciada, homogénea, donde los cuerpos, vivos o no, inteligentes o no, se mueven, ha reemplazado a la noción de “lugar natural” de la física aristotélica que aceptó la antigüedad y estuvo vigente hasta el Renacimiento. En cuanto a los cuerpos físicos, no nos compete señalar la inadecuación de esta noción. En cuanto a la vida humana y a su dimensión histórica, este espacio indiferenciado resulta por lo menos antivital. Todo lo real tiene su lugar adecuado fuera del cual no puede vivir.

Así le sucede a la paz puesto que se trata de una situación total, es decir, de un estado que contiene a todos los diferentes estados de la historia humana que pueden irse presentando. Así mismo les sucede a todos los modos de vida que en el planeta se den en algo más de una coexistencia pacífica, en una altura de la historia donde, sin
duda, se encuentra la paz.

Ciertamente la diversidad de credos religiosos y de ideologías no favorece el encuentro de este lugar común de la paz. Mas es sólo en apariencia. Basta reflexionar para descubrir enseguida que la guerra se ha dado dentro del área de un mismo credo religioso, dentro de una misma tradición, dentro del mismo país. Pues hora es ya de decir que entre todas las formas de guerra, hay una que contiene el germen de todas las otras guerras, y que es la guerra entre hermanos, la guerra civil.

En nuestra historia occidental, según se recoge en el más venerado de los libros sagrados, ya desde el principio la guerra se dio entre hermanos. Entonces lucharon los dos que había, Caín y Abel. Allí también se nos habla de otros dos hermanos por parte de padre, Isaac e Ismael, separados, escindidos aunque nunca entraran en guerra, ya que uno de ellos marchó al desierto y su descendencia halló, bajo la revelación coránica, otra unificación, otra cultura, otro esplendor. Siglos antes había nacido el Cristianismo y su figura histórica llenaba las tierras de Occidente. Las tres religiones pues, la judía, la cristiana y la musulmana, proceden de un padre común, Abraham, y a pesar de estos orígenes, nunca han cesado de entrar en guerra. En los países de estos diferentes credos la paz ha sido sólo intermitente. Muchas guerras han sido, pues, guerras civiles, allá en el fondo.

Hay más ejemplos. De la tradición de Grecia nos llegan las noticias de los hijos de Edipo, historia acontecida en la ciudad de Tebas, y que fue determinante de la tragedia de Antígona. Ella fue una conciencia de paz enterrada en vida por haber igualado en sus honras fúnebres a los hermanos muertos, transgrediendo el decreto de Creón que determinaba arrojar el cadáver de Polinices, el vencido, a ser pasto de aves y fieras.

De cada guerra entre hermanos una serie inacabable de catástrofes de toda índole se desata como riada incontenible. Más casos hay, en la historia, en los que una guerra civil ha sido sobrepasada con una paz creadora, con una paz en la cual una entidad histórica ha logrado asentarse en un nivel superior de la historia. Éstos son los verdaderos dinteles que marcan indeleblemente la historia. En todos y en cada uno de ellos, una personalidad señera en lo político ha actuado sabiamente como hacedor de la paz, como creador de esa entidad histórica nueva y renovada. Así obraron Julio César o Lincoln. Y cuando esto no sucede de esta manera, tras una guerra se inicia o se agrava una verdadera historia de perdición que afecta al pueblo en cuestión en los estratos más profundos de su vivir, en las más íntimas zonas de su alma, de su personalidad histórica. Un proceso disgregatorio tiene lugar entonces inconteniblemente. Como ríos absorbidos por la arena, las energías vitales y espirituales de dichos pueblos afectados por una guerra civil sin paz que la sobrepasan, se van perdiendo, para reaparecer, eso sí, en los lugares más insospechados y en las formas más extrañas y originales.

Es ésta una realidad, la historia del género humano, la historia de la perdición de su unidad primera, originaria. Es la suerte del hombre, uno en principio, que se pierde en diferencias, en odios. Que se pierde en odio a los otros, en un odio bajo el cual no se encierra más que un odio a uno mismo. El hombre, aún sin darse cuenta, clama por su perdida unidad, perdida y desgarrada. El éxodo y la diáspora son pues constantes de la humana historia.

El estado de paz no puede ser otro que el de la rectificación de una historia tal, de cuya perdición pueden emerger algunas islas, aunque no queden a salvo del todo del arrastre de la guerra, del arrastre de esa guerra que cada hombre lleva dentro de sí, que cada raza alberga y contiene contra otra raza, que los países sienten ante otros países…

¿Se trata, pues, de una condición congénita de la humana naturaleza este continuo recurrir a la guerra? o ¿estamos más bien ante una especie de torcedura moral ocurrida en los primeros pasos del hombre sobre su planeta, el primer paso quizá de su historia, apenas salido del Paraíso?

Nos cuentan que Seth, el tercer hijo de Adán y de Eva, volvió al Paraíso terrenal y allí permaneció por espacio de cuarenta días, días que aprovechó para sacar una rama del árbol de la Vida, del que más tarde sería construida la cruz del Calvario, la cruz de Cristo, y que, según otros textos, el propio Seth puso en la boca del padre Adán muerto.

Recordamos este misterioso relato porque incluso a un agnóstico le puede servir y porque muestra una vuelta al Paraíso, a la patria primera, sucedida a poco del primer paso de guerra y protagonizada por un hermano que no entró en la contienda. Seth no era el sacrificado Abel ni el culpable Caín, el malo. Y como no era ni el bueno, ni el malo, fue el único que conservó dentro de sí la unidad originaria humana. Esa unidad, en cierto modo el reflejo de la unidad de Adán antes de su caída, es la que le permitió entrar de nuevo en la Tierra Primera, en la Patria Primera donde la paz era lo único que se conocía.

Se trata de reencontrar o al menos de reconocer la unidad de la condición humana, de actualizar esta idea, ciertamente nada nueva desde el punto de vista filosófico y menos nueva para las religiones dignas de tal nombre. Se trata tan sólo de verificarla, de edificar lo que sería una patria, una sola para el hombre, aunque las diferencias subsistan, mas sin que ellas desgarren, escindan.

Pero las diferencias, según hemos procurado recordar, no engendran la guerra, al menos la primera, la que se reitera una y otra vez de hermano contra hermano. La guerra se enciende dentro de la hermandad. Parafraseando a Miguel de Unamuno a propósito justamente de Caín y Abel, diremos que la envidia es la primera forma de parentesco y añadiremos que la guerra es la primera forma de hermandad. Y es allí, por tanto, donde se encuentra la raíz de ella, en la hermandad. Porque la hermandad es la relación primaria donde se diversifica el ser humano y en la que se encuentra toda la complejidad de lo uno y de lo múltiple, de lo común y de lo diverso.

Inagotable es el tema de la relación fraternal. Mas quizá en la situación histórica de nuestros días sea más que nunca necesario desentrañar el contenido de esta situación. Es, desde este fondo entrañable del ser, de donde ha de nacer la paz como estado permanente del mundo.

Es el fundamento moral y vital, esta paz de las entrañas sobre la cual se edificará la construcción social, política, económica en un mundo renovado.

No podemos entrar en la consideración de los otros dos puntos antes enunciados, el de la construcción del estado de la paz, y el de los obstáculos que a él se oponen que bien merecen un sitio aparte. Nos parece que queda señalado con suficiente claridad que la paz ha de nacer desde el interior del hombre, allí justamente donde la educación tiene su campo apropiado, su acción más específica. Sin educación para la paz no habrá paz durable. Una vez más, el maestro es el responsable, aunque no él solamente, de la suerte del mundo. Mas cierto es que han de dársele medios y tiempo, ante todo tiempo y lugares, para ejercer su misión.

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