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Vivan los traperos (A Jose Chamizo de la Rubia)

Jose Chamizo de la Rubia

Vivan los traperos (A Jose Chamizo de la Rubia)

«Los oídos de los príncipes se horrorizan ante la verdad»
(Erasmo de Rotterdan – Elogio de la locura)

Decía Walter Benjamin que el trapero era la figura más provocadora de la miseria humana. Los traperos siempre existieron, unas veces confundidos con la multitud, otras despistados, en ocasiones con apariencia ausente, siempre inquietos. En determinados momentos de la historia su presencia se hace imprescindible. Van recogiendo despojos de lo que una vez fue explotado para ser luego desechado. Reúnen fragmentos para más tarde averiguar su origen y destino. Juntan desperdicios de aquí y allí y piensan qué se puede hacer con ellos. Recolectan los restos y los escuchan y los retienen y les dan nombre.

Los traperos siempre han sido testigos privilegiados de múltiples deterioros: sociales, ambientales, económicos, políticos, culturales… Ellos saben mucho de esas experiencias cotidianas en las que, como sonámbulos, deambulan enormes grupos de seres humanos. Donde los demás no vemos, ellos ven. Donde los demás no estamos atentos, ellos descubren. Ven las diferencias y las similitudes mientras el resto perdemos la atención. Son capaces de suspender el tiempo mientras recogen, escuchan y retienen los trapos.

En estos tiempos de verdadero delirio por marcar límites, de obsesión por el deslinde, de reaparición de fronteras (que nunca dejaron, verdaderamente, de existir), el trapero se escabulle por las ventanas entreabiertas, se cuela en los servicios de urgencia, se disfraza bajo los plásticos de El Ejido, se introduce en despachos, memoriza números de teléfono imprescindibles (que nunca están en el listín), sortea los obstáculos escritos con membrete y, al fin, transforma su mirada en una mirada cargada de experiencia. La experiencia acumulada por los traperos tiene dos serios peligros: el ruido (sea mediático o político, que viene a ser lo mismo) y el olvido. Los dos peligros (mimetizados hoy en día en el tiempo efímero de Twitter) son capaces de desplazar, abolir y cancelar la posibilidad de conocer la experiencia.

Demasiado tiempo llevamos subidos a un columpio que da vueltas y más vueltas. Esperamos que nos expulsen o caigamos (el resultado viene a ser el mismo) en alguna de esas vueltas. Muchos de los que estamos subidos en el carrusel hemos dejado de cotizar en esta modernidad infame del instante, del interés efímero, de la utilidad con trampa. Lo mismo le sucede a la experiencia: no cotiza.

El trapero escucha y huele el roce del viento antes de la tormenta. Y siempre encuentra el tiempo necesario para enterrar o escuchar o retener. Cumple la vieja ley, no escrita, que los griegos definieron como agraphoi nomoi. Esta ley, durante siglos, regulaba que, tras la guerra y la destrucción, se debía establecer una tregua sagrada para recoger y enterrar a los muertos. Hoy esta ley esta suspendida. Como el derecho, como los derechos. No hay tiempo. No tenemos tiempo para enterrar… sólo los traperos lo encuentran. Sólo los traperos lo hacen.

Mi reconocimiento, mi admiración por un trapero: José Chamizo de la Rubia, actual Defensor del Pueblo Andaluz. Él y su excepcional equipo han ido recogiendo, escuchando y reteniendo todos y cada uno de los sufrimientos y olvidados desechos de esta tierra andaluza. La casa que habita desde hace años ha narrado toda esta experiencia acumulada. Este trapero y su equipo de narradores han puesto en marcha los cinco sentidos para restaurar del olvido a las víctimas (caídas o no del carrusel). Este trapero y los narradores, como artesanos, han situado esa casa (Defensor del Pueblo Andaluz) en el núcleo de la verdad y, por ende, en el centro del recelo y del miserable celo … de los necios. Mi admirado Walter Benjamin volvía a decir: «La narración depende siempre de una experiencia (…). Existe una relación estrecha entre el alma, el ojo y la mano (…). Esta antigua coordinación es de origen artesanal y la hallamos en el arte de narrar cada vez que éste está en terreno propio«

A mi amigo Chamizo: ¡vivan los traperos!

Sebastián de la Obra
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