La Sandunguería

Los gatos

Fernan Camacho

Fernan Camacho

Soy un tipo normal que un día juntó dos palabras y alguien, no recuerdo quién, me dijo que el puzzle no estaba mal. Después descubrí que las noches que no escribo suelo nacer muerto al día siguiente. En otro orden de cosas, nato el 15 de junio de 2013, en Sevilla, y actual estudiante de Derecho y Ciencias Políticas. Nada que ver.
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Los gatos

Bien podría ser yo un gato en su alfombra. Los gatos, si se fijan, pasan gran parte del tiempo mirando las miserias de los demás como si ellos tuvieran ropa, comieran en bandejas de plata o no andaran a gatas, como los esclavos castigados o alguna cosa peor. Pero el gato es otro.

El gato está allí, metido en su casa, no sé si por pena, pero allí está como una presencia, como si fuera un fantasma que la espera acurrucado, aburrido y triste mientras el que le lame los tobillos pidiendo agua y le maúlla como si le estuviese pidiendo no ya comida, sino el maná de los hambrientos no es otro tipo que yo mismo.

Le miro las líneas de la mano, le pregunto si son cosa del destino o si son cosa del pasado, cicatrices. Corto Maltés, uno héroe del cómic, se rajó las venas de la mano porque no le gustaba su porvenir, bien sé yo que ella es más que capaz de algo parecido. Nunca me contesta a la pregunta. Cuando le cuestiono si son líneas del futuro o cicatrices con la misma mano que miro me da una bofetada cariñosa en los morros o me tira de los bigotes. Su gato, entre tanto, mira la tele como si fuera humano y observa con atención metafísica la quietud de los libros.

Entre bofetada y bofetada parece que me ama en algún momento, se deja entrever. De camino a su cama todo parece una alfombra persa, el gotelé de las paredes parece que está hecho de libélulas y su respiración, cuando por fin la noto, guarda la forma que poseen las nubes de moverse delante de la luna. Si esta casa donde estamos tuviera una chimenea me lanzaría a ella para enfriar toda esta marabunta del alma en la que los troncos que no están podrían formar una cama de bloques de hielo comparados con el pecho donde se posa.

Su gato parece escucharnos, pero no se inmuta, a veces creo que lleva siglos muerto y lo que queda es su cuerpo dando bandazos sobre su existencia.

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