Ficción

Un lugar para las sombras

Un lugar para las sombras. Foto de Bob Wick
Miguel Ángel Blanco Martín

Miguel Ángel Blanco Martín

Periodista. Expresidente y socio vitalicio de la Asociación de Periodistas – Asociación de la Prensa de Almería (AP-APAL) y miembro del Colegio de Periodistas de Andalucía en Almería (CPPAA) y de la Asociación de Escritores y Críticos de Cine de Andalucía (Asecan).
Miguel Ángel Blanco Martín

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Un lugar para las sombras

Hay pérdidas irreparables en la realidad, no en la fantasía. En la confusión. En el desconcierto. Entre las buenas palabras, en cualquier camino. Bajo el sol, en algunos momentos. Bajo las estrellas, en otros. Siempre hacia el lugar de la memoria, con un paso detrás de otro, en busca del recuerdo, para averiguar qué fue del pasado. Qué pudo haber sido. Y dónde está la sombra de cada personaje.

Desiderio Guisado Marín solía viajar siempre a pie. En busca de lo inesperado, desde aquel día que se perdió en un cine y nunca más pudo salir. Es lo que creía la gente de la pequeña ciudad donde se cobijó una gran parte de su vida.

La gente de aquella pequeña ciudad buscó a Desiderio por todos los rincones. Nadie sabía nada, nadie le había visto salir del cine. Se sabía que había entrado. Lo dijo la taquillera, Carmela, que recordaba, muy bien y segura, que le vendió la entrada, “claro que estuvo en el cine, yo sé muy bien a quién le vendo entradas, pero imagino que saldría con toda la gente”. Aquí se conoce todo el mundo, así que no cabe ninguna pérdida notoria. Pacorro recordó haberlo visto sentado en la butaca, sin moverse, cuando se encendieron las luces y la gente abandonó la sala. Dijo que Desiderio siguió sentado, imperturbable, mirando la gran pantalla. “Pues claro que abandonaría el cine, qué iba a pintar allí”. “¿Pero usted lo vio salir?” “Yo que le voy a ver, lo que me faltaba ahora, tener que estar pendiente de quién entra y sale”, respondía tajante Pacorro a la guardia civil. El caso es que se registró el cine butaca a butaca y Desiderio sin aparecer; también en el vestíbulo, en los aseos, en el entresuelo, en la sala de proyecciones. Y nada, Desiderio Guisado Marín se había volatilizado.

Con el paso de los días, la gente recordaba las maneras de ser de Desiderio, sus manías, “estaba un poco chalado, decía que no tenía sombra, que se le había perdido en una guerra y que no la encontraba, majareta estaba, se lo digo yo”, era la respuesta de la mayoría de los vecinos a las preguntas de los periodistas que invadieron la ciudad cuando trascendió la noticia de la desaparición. También hablaban de los enigmas de su pasado. Porque Desiderio tenía un pasado peculiar, que le trajo a la pequeña ciudad desde aquella guerra antigua, de la que tanto hablaba. Y sobre ese pasado, como el de todos los vecinos, circulaban pequeñas historias de silencio, amor, muerte, dolor. Para olvidar. Pero nadie olvidaba. Huidas y reencuentros, con el mar de fondo, el viento, la brisa, el sopor, el sol, la noche.

En la pantalla permanecía el rostro imperturbable, con la voz ronca, fuerte, directa, desde una mirada que no descansaba y mantenía el diálogo hacia fuera, acogiendo uno a uno a todos los espectadores. Eran palabras secas, lentas, para que se entendiera lo que contaban. Todas las historias posibles de aquel pasado que cualquier espectador pudiera reconstruir. Desiderio reconoció aquella mirada, su propio rostro; aquella voz, su voz, convirtió en personales aquellas palabras, las suyas. Y quedó atrapado por aquella imagen que le miraba directamente a los ojos desde la pantalla.

En la lejanía de tantos años, casi olvidados, aunque incrustados como cicatrices, había hechos que permanecían acomodados en él, aunque no estuvieran claramente fijados en la memoria. Surgían cuando podían. Y el cine, aquella película, fue uno de esos momentos. Todo lo acontecido recobró su presencia y explicación, en el interior de la pantalla, sin que el resto de espectadores lo advirtiera. La película fue desvelando las historias personales de aquella guerra antigua, en un proceso continuado de imágenes, con personajes, hombres, mujeres, niñas, niños, jóvenes, viejos, animales, sonidos, músicas, paisajes. Todo parecía dispuesto para impresionar, para someter al espectador a un obligado momento de recuperación de su memoria con toda nitidez. Y Desiderio Guisado Marín se reconoció en la pantalla. De manera que, cuando terminó la película, no pudo moverse de la butaca. Permaneció clavado en ella, mirando fijamente la pantalla, encerrado en sensaciones y en ideas extrañas que iban y venían; en pensamientos, recuerdos, entre la amargura y la sonrisa de una realidad en la que se movió su forja de persona, de niño, adolescente, de joven y de hombre. Y su cuerpo se fue diluyendo en la imaginación propia.

No se sabe muy bien cuál fue el destino de Desiderio Guisado Marín y cómo consiguió escapar de la sala del cine, de la gran pantalla, con aquella película de la guerra antigua. Para la gente de aquella pequeña ciudad fue un misterio nunca esclarecido.

Desiderio, sin embargo, permanece vivo, con el paso de los años, en un paisaje donde apareció de improviso y se apoderó de él; un lugar al que en realidad regresó desde su pasado, como un extraño, sin darse cuenta. En el extremo de una tierra dominada por la aridez y la sequedad del aire, salvo los días de la humedad que llegaba repentinamente del mar. Suficiente para regar los escasos matorrales del entorno y que las flores emergieran y pusieran color al paisaje, para morir en pocos días. Y las barcas siempre reposando sobre la arena. Gentes de pocas palabras, austeras, sobrias, después de todo. Recelosas ante los extraños, aunque al final terminan por acogerlos, envolviéndolos subrepticiamente en una especie de secuestro inadvertido. Y el extraño entonces termina siendo uno más. En este paisaje desértico, apenas se mueve el tiempo.

Desiderio camina ahora bajo el sol y bajo las estrellas. Por caminos de tierra y piedras, donde se producen numerosos reencuentros con la gente próxima de su historia, sus amores y alegrías. Y ahora sí, con su sombra nítida, personal, que siempre le acompaña, sin abandonarle, incluso en las noches más oscuras.

Desiderio Guisado Marín se ha convertido en inmortal.

(Relato basado en la película ‘El hombre que perdió su sombra’ (1991), dirección y guión: Alain Tanner. Escenarios de rodaje: Cabo de Gata, Tabernas, Almería. Publicado en el libro de relatos breves, inspirados en películas rodadas en Almería, ‘La narrativa tenía un precio’, varios autores, coordinación: Mario Sanz Cruz. Carboneras Literaria, editorial Playa de Ákaba, 2016).

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