La Sandunguería

De la cultura como entretenimiento

cultura como entretenimiento
Fernan Camacho

Fernan Camacho

Soy un tipo normal que un día juntó dos palabras y alguien, no recuerdo quién, me dijo que el puzzle no estaba mal. Después descubrí que las noches que no escribo suelo nacer muerto al día siguiente. En otro orden de cosas, nato el 15 de junio de 2013, en Sevilla, y actual estudiante de Derecho y Ciencias Políticas. Nada que ver.
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De la cultura como entretenimiento

Sucede una cosa muy cosezuela y carismática llamada a ser clasista, en cierto modo, que todo lo que no es arte es mierda, dijo Galeano bien dicho, por cierto. El problema de esta afirmación es que hay un punto entre el arte y la mierda que también es cultura, aunque no esté llamada a cambiar la vida de nadie.

Es curioso-curiosísimo y de relámpago que los autores y autoras que conocen de la existencia del entretenimiento y no tienen más intención que entretener, hacen buen entretenimiento sin asaltar las dudas más existenciales del ser humano. Puede haber libros de esos, La sombra del viento, por ejemplo, es un ejemplo de lo más clarividente. También están Los pilares de la Tierra o El médico. No le cambiarán la vida a nadie, ni como libro ni como material audiovisual, pero entretiene. ¡Qué podemos decir del cine! Sabrina, del mítico Billy Wilder, me parece el ejemplo más perfecto del género “de lo entretenido”, uno termina de ver Sabrina y siente que, a pesar de no haber cambiado su vida un ápice, no ha perdido el tiempo. Además, Hepburn y Bogart bailan, esa imagen parece un cuadro de Rafael.

La diferencia está en la búsqueda, hay autorías que buscan hacer la película, el libro, el poema de su vida y luego lo que hacen está a la altura del betún. Por esto siguiente decía yo lo del clasismo: ¿Los y las hay que no les da para más? Quién sabe. Lo que sí es cierto es que la crítica suele ponerse las botas, ser malo está de moda, y personas que podrían hacer algo grande en el futuro se vuelven pequeñas motas de polvo; los que hablamos también somos arte o somos mierda y cuando somos lo segundo es que no sabemos más que destruir.

Sea como fuere, sí entiendo la necesidad algo hedonista de dejar de pensar en la cultura sólo y exclusivamente como algo para gente alta, ‘chusma selecta’ los llama Juan Carlos Aragón. Pensar en la cultura como un pasatiempo no tiene nada de malo salvo para aquellos acomplejados que sólo quieren hacer el poema que no hizo Quevedo y al final del segundo terceto tampoco lo hacen ellos.

Además, está el tema de que hay que intentar vivir de ello: Si bien no todos los artistas pueden escribir Romancero gitano ni representar (con éxito) Yerma; tampoco todo el público accede a ello por cosas del sistema educativo.

Empezar por lo llano puede llevar a alguien a las más altas cotas del teatro; empezar por leer El árbol de la ciencia (como pasa tantas veces a niños y niñas de catorce o quince años) puede llevarte a no volver a tocar jamás un libro por el aburrimiento que supone someterte a algo que no entiendes. Se pueden hacer obras llanas, entretener y ganarse su dinerillo con la dignidad que tiene cualquier persona que se dedica a cualquier oficio. La industria cultural ha de ser democrática y producir espectáculos para todo el mundo sin perder, eso sí, calidad: Que entretenga lo entretenido y cambie vidas lo majestuoso; pero que no se confunda lo entretenido con lo vulgar y que de éste último no se hablen maravillas.

Pongamos, pues, algunos paradigmas: Billy Wilder, del que ya hemos hablado, hizo Sabrina y El crepúsculo de los dioses. Sabrina para decir “hay que ver qué bonita y qué entretenida”; El crepúsculo de los dioses para cambiar la vida de muchos -me incluyo- y la estética del propio cine. Spielberg financió La lista de Schindler con Jurassic Park. El etcétera es inmenso.

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