Autonomía Andaluza

Blas Infante sobre el Complot de Tablada

Blas Infante sobre el Complot de Tablada y el libre estado de Andalucía

Sabido es que la experiencia y sabiduría acumulada por la edad supone una mayor plenitud para las personas, y en el caso que nos ocupa, como última obra escrita que la vida posibilitó a Blas Infante, nos encontramos ante el que es, con seguridad, el volumen que mejor concreta sus inquietudes a su constante búsqueda del Ideal Andaluz, elementos ambos básicos en la personalidad de nuestro protagonista.

En cualquier caso, los contenidos del libro que comentamos, se encuentran sujetos a la propia dialéctica -aparentemente contradictoria pero evolutiva- sin la cual, no puede calibrarse la intensidad de la doctrina infantiana. Por ello, antes de acercarnos a su contenido, encuentro obligado realizar algunas consideraciones sobre su pensamiento con objeto de precisar la profundidad y calidad que suponen el conjunto de reflexiones, hechos y pretensiones que esconden sus frases.

A sabiendas del intencionadamente malentendido nacionalismo internacionalista que invoca Infante: es decir, humanista, cívico y solidario; conviene recordar pese a todo, que nuestro personaje, si bien asume los hechos derivados del pluralismo democrático de las  urnas, desconfía de que un simple cambio de régimen pueda alcanzar la transformación esperada en el corazón y la conciencia de los andaluces. Y esa percepción, queda fuera de lo convencional, al cristalizarse justo en el instante donde todas las fuerzas políticas tradicionales andan expectantes tras la llegada de la segunda experiencia republicana. Esto, precisamente, otorga a su ideología una dimensión revolucionaria y humanista fuera de los circuitos electorales ordinarios.

Por otra parte, y dentro de los obligados comentarios sobre las aparentes contradicciones, cabría también aludir a la especial relación de Infante con las convocatorias electorales que vive. En la siempre crítica identificación que su teoría y praxis mantienen con la vida política -la convencional, profesional y efímera (mercantilista y sólo de imagen como diríamos hoy)- el notario de Coria accede en las constituyentes de 1931, sin embargo, a concurrir una vez más a un proceso de ese tipo y, al margen de hacerlo con una gente y de una forma muy peculiar, tal y como más adelante analizaremos, queda claro que en su concepción de la vida pública, el hecho antes que contradictorio por cuanto siempre criticado en mucho de sus extremos, debemos interpretarlo como un método más para la difusión y la confrontación de sus ideas con otras.

No hay que perder de vista que a un republicano convencido como era Blas Infante no le bastaba con un cambio de sistema político. Es de prever que sus conocimientos en el campo jurídico le hicieran dudar de un régimen que, como a él gustaba decir, conservaba, y por tanto perpetuaba, las estructuras y sistemas heredados del caciquismo. Paralelamente, conviene no olvidar que el reconocimiento a su labor pro autonomista llegaría tarde: justo el 5 de julio de 1936 cuando durante la segunda Asamblea Regional andaluza celebrada en la Diputación de Sevilla, se le nombra Presidente de Honor del futuro órgano autonomista (Junta Regional); y ello, indudablemente habría significado una tentación en otra persona ajena a sus cualidades morales a la hora de inscribirse en un partido tradicional y participar de la práctica política convencional. No obstante, nada de ello ocurre, y a diferencia de otros padres de la patria, Infante no recurre al españolismo último que define la vida y el pensamiento de Sabino; ni a diferencia de Companys, no le hace reconvertir al territorio primero en baluarte y, más tarde, pesadilla de la República.

En la referida obra pues encontramos algunas cuestiones que considero de vital interés, tal como he advertido ya, para cotejar la madurez y la propia evolución del pensamiento infantiano. En primer lugar, y de hecho justifica la propia obra, el autor describe el origen, desarrollo y objetivos de la candidatura Republicana Revolucionaria Federalista Andaluza. A través de las páginas, el también candidato, aporta su punto de vista sobre el pretendido “complot de Tablada”  (en alusión a la base militar aérea de Sevilla), como supuesto conspirativo con el que el Gobierno Provisional de la República, desacredita primero e invalida más tarde, una lista caracterizada por su espíritu político atípico y revolucionario, donde se dan cita personalidades muy dispares.

En este marco es donde podemos conocer las inquietudes de Infante para con el nuevo régimen, sus aspiraciones al presentarse de nuevo a una convocatoria electoral, su relación personal e ideológica con cada uno de los componentes de la candidatura y, en definitiva, el objetivo último al que el hijo de Casares pretendía acercar a Andalucía. Entre todo ellos destacan dos cuestiones que, a mi entender, resultan despejadas en el volumen.

En primer lugar, el concepto que el notario tiene de la autonomía política como herramienta para transformar Andalucía y los territorios que conformen una España cooperativa (confederal). Estado Libre sí, pero no independiente, soberano pero libremente vinculado a lo que llamaba una nueva España que renegara y superara los vicios de otra vieja. Ello mientras nos cuenta cuales son los primeros pasos que –una vez más- él junto a sus círculos realizan para movilizar a las instituciones y a la ciudadanía en dicho sentido. Como ya se hiciera el 29 de noviembre de 1918, será el 7 de mayo de 1931 cuando la Agrupación Republicana Federal Andaluza vuelva a dirigirse por escrito a las instituciones hispalenses para demandarle actuaciones concretas en pro de un proceso, que por vez primera en la historia encajaría ese mismo año dentro del ordenamiento constitucional. El devenir del intento ya se encuentra suficientemente investigado en su conjunto, y desde luego, ya hoy día, nadie documentado puede negar que fue el golpe militar quien cercenó de raíz y violentamente la posibilidad de un autogobierno en un Estado descentralizado -quizás- muy semejante al que hoy tenemos. De la misma forma, es justo también decir que el impulso autonómico supera la propia labor teórica y las limitaciones del ideal infantiano, para pasar a convertirse-insistimos con todas sus contradicciones y dificultades- en un proceso institucional liderado durante los primeros años de la República desde la Diputación de Sevilla por el socialista Hermenegildo Casas.

En segundo lugar, el texto constata la estrecha relación personal e ideológica de Blas Infante y Pedro Vallina. No cabe duda que las páginas recogen una profunda y emocionada admiración del nacionalista hacia el anarquista, y que resuman, igualmente, una sana envidia personal hacia la relación de pareja que el médico cenetista mantiene con su esposa Josefina, como persona que le acompaña -con ejemplaridad franciscana dice- en sus ideas, exilios y persecuciones. Entre el asombro y la comparación con su propia realidad matrimonial, se declara así Infante testigo de las docenas de hogares que el poder establecido les ha destruido. La amistad entre ambos venía de lejos y no cabe duda que el nuevo acercamiento de Infante a los procesos electoreros -como él los llamaba con desprecio- tendría que venir paradójicamente de un anarquista heterodoxo que, justo por esta concurrencia, rompe para siempre con la línea ortodoxa y oficial de su sindicato. La mutua confianza personal en suma es lo que les atrae al intento, y ello nos lleva necesariamente a vincular el pensamiento y la decepción de Infante hacia los hechos relatados a una cercanía personal a la tesis anarquistas, desde donde se justifica su distancia con la política habitual formalizada ahora por una izquierda tradicional, institucionalizada, centralista y acomodada, aun definiéndose como obrera y republicana.

Pero regresemos al eje temático alrededor del cual gira la obra y las divagaciones de Infante en el sentido apuntado. Al hilo de las elecciones constituyentes de junio de 1931 sobre una lista común y una determinada provincia coincidirían unas biografías que, antes y después del hito al que nos referimos, dibujarán trayectorias muy dispares: Ramón Franco, Rexach, Balbontín, Infante, Vallina o el agrónomo Pascual Carrión. A estos tres últimos especialmente les unía su profunda preocupación por la realidad del campo andaluz, y de hecho, anteriormente, habían coincidido participando en una Comisión Técnica al objeto de elaborar el borrador de una Ley de Reforma Agraria.

Hasta ahí todo resulta normal. Una vez comienza la campaña electoral, y pese a los impedimentos gubernamentales, el entusiasmo -según recoge Infante- es manifiesto; pero la incertidumbre de los resultados aumentaba, y ello preocupaba a las candidaturas convencionales de la izquierda en la medida que gran parte del esfuerzo de nuestros personajes estaba destinado a poner los porcentajes de abstención al respaldo de la novedosa lista revolucionaria, la cual tendía a canalizar descontentos.

Las acusaciones vertidas -y nunca probadas- para desacreditar la candidatura (el romance truculento le llama Infante) acabarán finalmente por hacer desistir a los protagonistas, bajo acusaciones de sedición militar a una treintena de mandos de la citada base aérea (unos trescientos dice la prensa aludiendo a declaraciones del propio Ministro Maura). Lo cierto es que ese pretendido ejército de jornaleros con el que se pretendería ocupar Sevilla y proclamar entre veleidades islamitas el Estado Libre de Andalucía, no fue,-y a la bibliografía que adjuntamos nos remitimos-, sino una invención orquestada para disuadir las expectativas de votos hacia dicha candidatura. No fue sino una respuesta, más infundada e invadida de un excesivo miedo a que la Base de Tablada llegase a representar para la joven República, otro levantamiento como Cuatro Vientos había sido para la Monarquía poco tiempo antes.

Pese a que el tema ha sido literalmente despreciado por la historiografía realizada por el pretendido progresismo sevillano, alguien tan objetivo como Tuñón de Lara en el libro que citamos, nos advierte sobre las curiosas cifras y porcentajes finales que la contienda comporta para la coalición oficial republicano-socialista. Unos sorprendentes resultados que casi rozan el cien por cien de los votantes -sintomáticamente- en aquellas poblaciones que contaban con una mayor implantación cenetistas, y, por tanto, presuntamente más identificada con los mayores índices de abstenciones o favorables a la atípica lista. Por otro lado, la respuesta militar al posible movimiento revolucionario engendrado en el seno del aeródromo hispalense, resulta ser absolutamente desproporcionada en la medida que son más los rumores lo que priman que hechos concretos. Y eso los que se suman a un plante de la tropa en cocinas por la mala comida recibida. Las acta del Consejo de Guerra abierto al respecto y que analizamos así lo demuestran. Es más, curiosamente a lo que sucede con el trágico final del régimen, la República en sus inicios pone más énfasis en desarticular movimientos sediciosos “de izquierda” que en seguir a quienes serán los verdaderos conspiradores. Muy curioso sería analizar las declaraciones de los militares de rango que se adjuntan al sumario del citado Consejo abierto y, cotejarlas con sus comportamientos los días del golpe en julio de 1936.

Pero el libro también desciende en los detalles. Es el 24 de junio, cuando durante un mitin en Lora del Río, el escenario cae repentinamente provocando la lesión de Franco. Infante, allí presente, ofrece sus explicaciones en su libro, insinuando un quebranto intencionado del eje para hacer caer a cuatro personas del plano. Aun así, reconoce que existían “travesaños podridos”. De esta forma, Franco es trasladado en un principio a la enfermería de la Base Área con “fractura completa del tercio inferior de la pierna derecha, pronóstico grave”, y siempre según las consignas oficiales, se logra impedir los pretendidos hechos revolucionarios que se les imputarían.

Nuestras investigaciones en archivos han puesto de manifiesto que el complot realmente se encuentra lleno de injurias, y que la aislada causa militar instruida convierte los indicios en acusaciones fundadas. Sospechosamente también, el exitoso jefe militar que pacifica la situación sea Sanjurjo, quien en “prevención de incidentes” ocupa toda la ciudad dentro de una estrategia o ensayo que repetiría el 10 de agosto de 1932 con su sabida asonada. Por ello, nos atrevemos a vislumbrar la conjunción de varios intereses de distinta índole y profundidad en la contradictoria trama: una político-electoral encaminada a eliminar competidores por la izquierda a la conjunción que finalmente saldría ganadora, y otra más reaccionaria y abiertamente contraria al republicanismo desde el golpismo reaccionario, con la que se comenzaría a calibrar la capacidad de respuesta del ejército contra el régimen.

Es necesario también comentar que, pese a los débiles argumentos que aportan los documentos inéditos encontrados para justificar la pretendida rebelión militar y campesina denominada por el propio Infante en su libro como “paparruchada”, las autobiografías de Vallina, Balbontín, e incluso el propio testimonio de la viuda de Ramón Franco, apuntan la existencia de algún tipo de actividad más allá de la puramente electoral. No obstante, no sólo no concretan la cuestión, sino que las expresiones utilizadas pueden ser atribuidas a las propias pretensiones revolucionarias de la candidatura o a sus objetivos programáticos, más que a supuestos intereses secesionistas de los que también se acusa de estar tras de ellos a la Generalitat. Había ganas de hacer de la República una herramienta revolucionaria popular pero ello no representó nunca ni una amenaza de sublevación/sedición militar ni de conflicto armado. La prensa conservadora y teledirigida por el poder se encargó del resto en unos instantes tan ilusionantes para unos como temerosos para otros.

De este modo, y a diferencia de otras publicaciones, Infante presumiblemente, escribe su libro en poco tiempo e intentando seguir el hilo conductor de los acontecimientos y de su propio recuerdo; con todo, el coraje y su perplejidad ante lo sucedido le hace constantemente referirse a la bondad de sus pretensiones entre acusaciones directas a la imbecilidad popular y, a la persistencia de un sistema caciquil ahora orquestado por quienes se querían traer una nueva España.

En definitiva, nos encontramos ante un libro de obligada lectura para la comprender la profundidad de la vida, obra y pensamiento de Blas Infante. El diario El Liberal calificó los hechos de “ficticio complot”, la respuesta de Infante fue coherente con su trayectoria y consecuente con su método: escribir un libro, impulsar sus actividades en pro de la autonomía, y para el desarrollo de las mismas, legalizar la Junta Liberalista de Andalucía como vehículo “político” con el que pretende recuperar la dinámica generada por los Centros Andaluces. Las causas revolucionarias en la República se tornan a ojos de Infante,  como inviables para ser canalizadas por unos partidos institucionalmente profesionalizados en los lastres de un sistema corrupto heredado de la Restauración. De ahí surgirá su idea de una Tercera República como alternativa. Aquella con la que España plurinacional y Andalucía podrían avanzar hacia el progreso y la paz de la mano de la modernidad y el federalismo.

 

Bibliografía complementaria y específica:

Balbontin, J.A., La España de mi experiencia, Méxio, 1952, p. 234-235.

Chernichero Díaz, C.A., La Candidatura Republicana revolucionaria federalista andaluza a las Cortes Constituyentes de 1931. La visión de un diario conservador de provincias, en IX Congreso sobre el Andalucismo Histórico, Sevilla, Fundación Blas Infante, 2001, pp. 173-186.

Díaz, C. (Vda. de Ramón Franco), Mi vida con Ramón Franco contada a José Antonio Silva, Barcelona, Planeta, 1981.

Gutiérrez Molina, J.L., Blas Infante y el anarquismo andaluz. Intervención y consecuencias de los sucesos de mayo de 1932 en Sevilla, en Actas del VIII Congreso sobre el Andalucismo Histórico, Sevilla, Fundación Blas Infante, 1999, pp. 373-389.

Ruiz Romero, M., Aportaciones para el esclarecimiento del supuesto Complot de Tablada, en Actas del IX Congreso sobre el Andalucismo Histórico, Sevilla, Fundación Blas Infante, 2001, pp.213-238.

Original en LaVozdelSur

Manuel Ruiz Romero

Andaluz que aspira a serlo de conciencia, busca militancias pretéritas para construir la Historia del futuro. Amigos de sus amigos, investigador social y crítico constructivo

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