La Sandunguería

Las perlas y la pantera

Fernan Camacho

Fernan Camacho

Soy un tipo normal que un día juntó dos palabras y alguien, no recuerdo quién, me dijo que el puzzle no estaba mal. Después descubrí que las noches que no escribo suelo nacer muerto al día siguiente. En otro orden de cosas, nato el 15 de junio de 2013, en Sevilla, y actual estudiante de Derecho y Ciencias Políticas. Nada que ver.
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Las perlas y la pantera

Yo quería mucho a mi padre, lo quería con locura. Una vez se fue de viaje a la Latinoamérica lejana y me trajo algo majestuoso que había visto en una película de dibujos animados, una pantera preciosa como la del Libro de la Selva pero aún pequeña, no sería más grande que mi antebrazo de niña pequeña.

Era negra, preciosa, de noche no se la veía cuando se empezó a hacer grande y subía por los árboles de Palacio. Una vez estaba subida en el platanero que trajo papá del Caribe y la vi tan majestuosa que por poco me postro ante ella como si fuera una especie de diosa azteca que vino a mí por un viaje de mi padre a ver a un colega suyo que se dedicaba a la misma cosa que él. Recuerdo que puse un día la televisión y allí estaba papá con su colega dando una rueda de prensa hablando sobre un mercado de no sé bien qué cosa y haciéndole entrega su compadre de la pantera que luego vino con él, papá dijo que cómo se llamaba, su compadre dijo que aún no tenía nombre y entonces papá por llevarse bien con él dijo que le pondría como su mujer la de su compadre, que es también una señora negra muy guapa y dice papá, bueno, decía, que era una mujer luchadora que siempre estaba donde tenía que estar y siempre protegiendo a su familia y a su entorno y siendo buena con todo el mundo justo como iba a ser mi pantera.

Nunca conocí a esa señora de la que tan bien hablaba papá, pero sí que es verdad que siempre que la vi en televisión me pareció muy señorial, muy elegante, tanto o más que mi pantera, que a los cuatro años ya era la dueña del jardín y se dedicaba a cazar ratones, estaba el jardín limpísimo aunque no podía haber otro animal con ella porque rápidamente intentaba cazarlo. Una vez la señora iba con un vestido color esmeralda en una recepción a otros colegas de mi papá y su marido y parecía que era más que la reina de aquel lugar.

Ella lo llenaba todo, más que su marido, que era verdaderamente el rey, parecía que iban a saludarla antes a ella que a todos los demás y su marido la miraba extraño y triste como si aquello no le gustase, como si tener a una mujer tan famosa y tan moderna no le conviniese a sus relaciones con aquellos señores. Un mes después vimos en la televisión que a la señora la encarcelaron, papá dijo que porque era una traidora y que quería envenenar a su colega y que eso no lo podía permitir ni él, ni nadie. Luego salió mi papá en una rueda de prensa y dijo exactamente eso, que si la señora había traicionado a su marido y a su patria desde luego no merecía el perdón de nadie. Mi pantera tuvo que cambiar de nombre y desde entonces se llamó de otra forma, me gustaba más el otro nombre, era más para ella, esa señora me caía bien y no entendí porqué tuvieron que ajusticiarla, pero mi papá dijo aquello, conque porqué no creerle.

Al cabo de los días mi papá me regaló una perla del Pacífico que le trajeron de otra visita a un país cercano al anterior, la perla era majestuosa y enorme, podría haber hecho un collar de quince perlas pequeñas con aquella perla. Pero no sólo echo de menos aquellos regalos tan fluorescentes, mi papá me quería y lo demostraba a menudo protegiéndome de cuantos peligros me pudieran acontecer; también quería a mi mamá por encima de todas las cosas y nunca quiso que pasara lo que finalmente pasó. A mí me decía: Tranquila, mi princesa, todo seguirá en su sitio y tú reinarás y todo será tuyo. Esos no volverán a molestarte nunca cuando vayas al colegio. Claro, cómo no, al día siguiente fui al colegio con tres escoltas enormes que me metieron en clase como si fuera un tesoro y se quedaron guardando la puerta. Papá decía que debería seguir yendo al colegio aunque era más seguro quedarse en casa porque ir al colegio me haría buenas amigas y eso es fundamental para crecer siendo una persona como lo fue él.

Pusieron una bomba dos o tres años antes de que se muriera, ya no lo recuerdo bien, a uno de sus compadres del Gobierno. Fueron días tristes y yo me preguntaba si aquello podía pasarle también a él, imagínate, un día mi papá caminando por la calle y un loco con una escopeta le tira y le vuela la cabeza de una vez por todas y adiós muy buenas, señor presidente. Eh, ese amigo también tenía familia y eso no le preocupó a nadie, sólo le preocupaba no sé qué historia política. Bueno, ya ven, mi papá era bueno conmigo.

Cuando se estaba muriendo hubo manifestaciones, la pantera ya estaba muerta hace mucho, la enterramos con su nombre secundario por no escribir el nombre de una traidora. Las manifestaciones decían cosas como que el pueblo se moría de hambre y yo tenía una pantera regalada por tal o cual. Bueno, no sé, pues sí, pues la tenía, me la regalaron, ¿qué querían que hiciera, devolverla? Y también decía que mi papá fusilaba y que metía en la cárcel a inocentes… Él decía que eran traidores y que se lo merecían e incluso en su lecho de muerte yo quise decirle que iba a hacer justo lo que él hizo, pero no me dejaron los asesores, me contaron que aquello ya no era, que se buscaba otra cosa, que abandonase, que era un imposible seguir la misión de mi padre de la patria digna. Y las manifestaciones decían que les faltaba libertad y que querían expresarse y entonces un compadre dijo que iba a sacar a los caballos y los sacó y cuando cabalgaron se corrieron a veinte o veinticinco tipejos maleantes que sólo buscaban romper todo el vecindario que mi padre y sus amigotes habían tardado tanto en construir.

Cuando le enterramos, en el propio entierro vino un desgraciado a decir que mi papá fue un atraso para el país y que ojalá no hubiera vivido nunca, yo le saqué la pistola al soldado que había junto al ataúd y dije a otros dos soldados que lo detuviesen a aquel bandido, tomé la pistola apunté a la cabeza y a su mujer, que estaba también allí, le tiré al suelo de sus pies la perla que mi padre, que era un santo, me había regalado cuando era una niña, pero cuando la recogió me la tiró a la cara, a ella la cogieron los soldados.

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