La Sandunguería

Debe de ser Sevilla

Fernan Camacho

Fernan Camacho

Soy un tipo normal que un día juntó dos palabras y alguien, no recuerdo quién, me dijo que el puzzle no estaba mal. Después descubrí que las noches que no escribo suelo nacer muerto al día siguiente. En otro orden de cosas, nato el 15 de junio de 2013, en Sevilla, y actual estudiante de Derecho y Ciencias Políticas. Nada que ver.
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Volvía del centro andando, Alfalfa a través, al poco tiempo una iglesia. Cien metros hacia adelante, otra, la Iglesia de la que sale Santa Marta, en frente tiene una placa donde está escrito un fragmento de “Ocnos”, de Luis Cernuda. Ocnos era un hombre que iba hilando una cuerda mientras una burra se la iba comiendo y Sevilla es un poco eso: Pusieron Las Setas (un edificio muy vanguardista que todavía no sabemos si pega o no pega) y el Santísimo Cristo de la Coronación de Espinas siguió saliendo de la Iglesia que está al lado, la de la Anunciación. Todos los años es exactamente igual de bonito.

La voy a echar de menos. Recuerdo que una vez una amiga de Asturias que está loca por el flamenco (acaba de fundar una academia de baile flamenco en Gijón, de hecho) me decía que cómo iba a irme de aquí alguna vez, con lo que a mi me gusta. Ya, ya lo sé. Le dije. El tipo que ponga una freiduría como las de aquí en Madrid se forra, ¿no? El caso es que cada cosa en su sitio. Yo, que creo que el comer justifica el federalismo, creo que la Cruzcampo no sabe igual aquí que en otra parte. Será que no es la Cruzcampo, sino el Salvador; que no es la tortillita de camarones, sino la Plaza de la Cruz Verde; que no son los calamares, sino la Plaza Mayor. Igualmente, el que ponga una freiduría como las de aquí en Madrid se forra aunque sólo sea porque Madrid está llena de andaluces buscando algo que les diga que volverán alguna vez.

“Tenemos nuestra propia cruz/ espalda mojada por el calor/en busca de una luz”, dijeron los SFDK en el mejor retrato que se ha hecho de la Sevilla de verdad. Se llama “el liricista en el tejado” y habla de la Sevilla desde cuyas azoteas la Giralda no se ve. El videoclip es cutrísimo, se nota que no hicieron el flamenquito apaleao del que viven las discográficas al uso de Andalucía. Esa canción tiene acento, aunque sea hip-hop. Tengo miedo de perder mi acento, ir cantando esto y, en vez de sonar como suena un sevillano, sonar con ese acento neutro y horroroso que se le queda al que ya no es de ninguna parte.

De una forma muy desordenada creo que los adoquines del centro critican nuestra ropa interior en verano, al fin y al cabo, es lo único que ven. Te ponen zancadillas cuando vuelves andando desde la Alameda. Los que van en mocasines no tienen tanto problemas, será que beben mejor. Echaré de menos este costumbrismo triple que se divide entre la Calle Adriano, la Alameda y los polígonos y critica todo lo que se salga de ese triángulo de las bermudas que coincide en feria y llora, prácticamente de la misma forma, con las mismas Vírgenes.

Debe de ser Sevilla porque la vecina me despierta sin querer cuando habla con una señora de balcón a balcón y en la tienda de abajo el Derecho Administrativo es un poema épico. Creo que allí en Madrid me apuntaré a un club de lectura de Cernuda, supongo que lo habrá, habiendo allí de todo, para decir cosas incomprensibles pero que, en un ademán de hacerse los intelectuales, todos acepten como correctas. Será como sentirme en casa. A mínimo que se anden listos decorarán el local con farolillos de feria y pondrán una imagen del Gran Poder. Cuando entre pensaré: “Debe de ser sevillano el que lleve esto…” Y habrá algún momento en el que piense que la oportunidad está en Sevilla y no en Madrid o Barcelona.

Confieso que tengo ganas de irme, de airearme la cabeza y pensar de otra manera, al menos por un tiempo. Serán los nervios. Esta cosa que sienten los grandes guerreros de las películas y las novelas antes de una gran batalla es muy parecido a lo que me rodea las tripas ahora mismo. Ah, puede ser eso, que Sevilla es Ocnos: Un hombre que hila una cuerda mientras una burra se la come, eternamente. Seguro que, en algún momento, alguien que estuviera mirando se hubiese hartado y, cogiendo la puerta, se hubiese ido. Al rato volvería para ver cómo está, eso sí. Llamaría para animarle a hacer otra cosa, “he visto que puedes hacer esto, o  esto otro…” Y seguiría hilando su cuerda (sacando grandes artistas, grandes innovadores, pensadores magistrales…) mientras la burra seguiría comiéndose la cuerda… Debe de ser Sevilla…

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