La Sandunguería

La fragua de Vulcano

Apolo llegó a la fragua hermoso, como siempre, es el único que hace tornarse a los girasoles. Vulcano que, en cambio, tiene una cara recia y desagradable y las piernas dobladas hacia dentro, le abrió la puerta de la fragua sin ofrecerle nada, pues nada tenía salvo hierros y metales.

            Tiempo atrás, cuando Vulcano irrumpió en la fragua con la noticia de que se había prometido con Venus no creíamos nuestro infortunio. Todos estábamos enamorados de su cuerpo ilimitado. Al tiempo, desde que se consumó su matrimonio, a pesar de la fragua, olemos a kilómetros sus esencias y podemos adivinar que está de camino según se hace el olor más poderoso. Desde entonces Vulcano se volvió miedosamente risueño. Disfruta de aquel amor, cómo no hacerlo, pero siempre sospechó de la alegría de Venus y el deseo que otros pudieran sentir por ella. Bien sabe Vulcano que él no es plato de buen gusto para nadie: es feo hasta la indiscreción y cojea tan torpemente que resulta el más ridículo de los dioses.

            En el fondo siempre lo vio venir, ¿Quién es Vulcano en el Olimpo sino el que le hace las armaduras al valeroso Marte? ¿Quién podría haber más lacayo de la hombría olímpica de un Dios? ¿Quién, siendo Dios, sigue siendo un sirviente? Fíjense que nuestros dioses son, después de todo, seres de forma y apetencias humanas, pero con poderes sobrenaturales y vida eterna. En esas, Vulcano, Dios nuestro, nació antropológicamente feo, tanto que su madre lo tiró monte abajo según vino al mundo. En cambio, Apolo y Marte, sobre todo Apolo, nacieron hermosos como sólo un Dios puede serlo. Desde nuestra posición más o menos bien ubicada pudimos comprobar que Aquiles fue un hombre bello, pero no era un Dios. También fue bello Narciso, del que se enamoró Eco, pero, tal y como ocurrió con Aquiles, bien sabíamos que no era una deidad. Incluso Mercurio (pobre Vulcano, nuestro señor) es galante. No es Mercurio un ser mesiánicamente estético, sin embargo, posee una inteligencia propia de su posición y con su ingenio se procura los favores más peculiares que jamás pudimos ver. El hijo que bajo traición tuvo con Venus, al que los helenos llamaron Hermafrodito, era tan profundamente hermoso que Salmacis no pudo sino romperse en él. Quizás Júpiter, que todo lo sabe, castigó aquel fruto con la beldad de la madre, pero no dejó que la simiente del padre aportara su ingenio y se pasó la vida bajando los ojos. Al contrario de todo ello, Vulcano es un Dios aciago y malhumorado. Fuerte como un herrero, pero no tan fuerte como lo es Marte, el Dios de la guerra. Por supuesto, no es Apolo, y ni aún así, tan carente de virtudes, le dieron los Dioses (sus padres) el ingenio que tanto disfruta Mercurio, que pasará la eternidad sabiendo (por zorro), casi tanto como Júpiter. Como decíamos, tanto es así que a su nacimiento Juno lanzó a Vulcano monte abajo, desechándolo, como si una Diosa como ella (dada a la maternidad y la estabilidad del hogar) no pudiera permitirse un hijo de tamaña fealdad.

            ¿Habría que preguntarse en qué tiempos nace un Dios y cuando se hace adulto? ¿Qué hace un Dios cuando es niño? ¿Cuando llega la pubertad de un Dios? ¿En qué punto de su vida Venus le roza el pubis para que florezca? Preguntas éstas hechas al viento, siempre me pregunté por qué Juno permitió a su esposo tanto como le permitió siendo diosa del matrimonio, del mismo modo que me pregunto por qué consintió que Venus repartiera su amor y su fertilidad de uva allá por donde sus pies pisaran y, sin embargo, fue ella la que quiso matar a su hijo, mientras Venus adora tanto a los suyos que no vive sino para protegerles. Las tesituras olímpicas siempre se vertieron fuera de lo que yo pude llegar a entender, tal y como no entiendo la inmensa mayoría de la fortuna de los hombres y mujeres que habitan en la Tierra.

            Aquel día Apolo estaba inquieto. Vino, en cierto modo, respetuoso y atento, quizás lastimoso de un Vulcano engañado, con la cabeza algo baja, como si tuviera vergüenza de lo que debía contar. Lo contó levantando el dedo y bordándose de una luz celestial que nos deslumbró a los mortales. Vulcano al principio no se lo creía. Cogió una postura enrarecida, con sus manos cargadas de materiales, cargando su peso sobre la pierna izquierda, mirando a Apolo directamente a la cara sin pestañear, solemne y sucio, mal afeitado. Apolo, que ni siquiera usa peines para su melena, lo miraba con un intento de altanería que no podía disimular su incomodidad. Levantaba el dedo en una señal divina, se hizo resplandecer, se puso laurel sobre la frente y unos ropajes de seda naranja que imitasen al propio Sol, sin embargo, fue la primera vez que aquel Dios diminuto y bajuno, con sus ropajes de mendigo, estremeció al otro.

            Yo me sumí en un caos. Venus juega con nosotros, se nos viene en sueños a todos los que trabajamos en la fragua y, al ser ella diosa y nosotros un mísero grano de arena, muchas veces hablamos del sueño como de la realidad y viceversa. En mi defensa, pues sé lo que parezco, diré sin faltar a la verdad que en muchas ocasiones me he despertado fuera incluso de mi casa, en los pastos donde sueño encontrarla o en los lagos donde, oníricamente, la veo desnudarse para darse un baño. He recorrido no poco mundo cogido a la escarcha de su mano.

            A mis compañeros les pasa lo mismo. Jamás lo hablamos delante de Vulcano, pero millares de veces hemos ido a la fragua desanimados por ver que al pellizcarnos nos duele la propia inclemencia de no ser sueño. Incluso cuando Juno nos dio una esposa y, durante las noches, a ella nos damos, Venus se nos aparece en los momentos previos al éxtasis dándonos una especie de bendición. A mi me mira como si me diera permiso y, de no aparecerse, me ahogo o termino sin mayor gloria. Un compañero siempre cuenta que, justo antes del grito, ve a Venus sentada en una silla que tienen ella y su esposa pegada al lecho. Ve cómo se levantaba su vestido tan poco a poco que incluso llega a hacer rabiar a mi amigo que, a espaldas de su mujer, le agarra a ésta los muslos con furia, deseando que fuesen los muslos que Venus le enseña. Finalmente, Venus deja ver hasta su ombligo y mi compañero, según cuenta, cae derrotado.

            Nos acostumbramos, como no podía ser de otra manera, al matrimonio de Venus y Vulcano, como se acostumbra uno al dolor de espalda o a no respirar bien.

            Cuando Apolo vino y contó la aventura de Venus con Marte fuimos doblemente traicionados. Al menos yo me sentí doblemente traicionado. Ya es insoportable ver que era Vulcano, nuestro Dios, y no yo el que legítimamente va a casa con ella. Ya ven ustedes, dónde vivirá Venus y dónde vivo yo, pena de mi. Cuando Apolo contó aquello tuve ganas de morirme. Aceptábamos que Vulcano fuera su esposo, entendíamos, incluso, que nuestros sueños no eran más que el amor a lo imposible, una naranja en el desierto o un gamo que se escapa y se escapa. No obstante, el hecho de que, además de Vulcano, sea otro dios el que la derrita y que esta vez sea un dios más fuerte, más Dios (si es que hay grados), un Dios venerado no por los más tristes hombres, sino por los hombres de gloria que se vuelven héroes a la historia… Eso por Júpiter que duele. ¿A quién creen ustedes que veneraba Aquiles: A Vulcano, al triste y feo Vulcano, o a Marte el vigoroso? ¿Quién le va a salvar la vida, en última instancia? Nadie se fija nunca en la espada, ni en el escudo. Hasta en el Olímpico hay categorías.

            Me consuelo pensando que nosotros moriremos y, entonces, todo se apagará, tanto nuestro amor sincero por nuestras esposas y nuestro amor de libélula por Venus. Sin más dolor que ese nos iremos con Caronte. Sólo de esa forma logro compadecerme de Vulcano, a pesar de mi dolor inequívoco y montañoso, pues Vulcano nuestro Dios vivirá eternamente viendo los ojos acuáticos, los pechos frugales y la boca incandescente de la Diosa que le traicionó con el Dios que él nunca será.

 

 

Fernan Camacho

Fernan Camacho

Soy un tipo normal que un día juntó dos palabras y alguien, no recuerdo quién, me dijo que el puzzle no estaba mal. Después descubrí que las noches que no escribo suelo nacer muerto al día siguiente. En otro orden de cosas, nato el 15 de junio de 2013, en Sevilla, y actual estudiante de Derecho y Ciencias Políticas. Nada que ver.
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