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Tan vieja y tan nueva…

Tan vieja y tan nueva: de la verdiblanca y de lo que significan las banderas

La vi por primera vez a las cinco de la tarde del 5 de junio de 1976 en la plaza de Fuentevaqueros. Lo llamativo no es ni el cuándo ni el dónde. Lo llamativo es que yo podría responder a la pregunta de cuándo la viste por primera vez, y que estoy casi seguro de que ninguno de los presentes con menos de cuarenta años podría hacerlo. Para vosotros los más jóvenes no es tan nueva, siempre ha estado ahí porque desde el comienzo de la transición esta bandera nos acompaña, es una bandera institucional, está por doquier. Pero para mi generación es una bandera nueva.

Yo tenía quince años y mi adolescencia coincidía con la del país. Después de cuarenta años las autoridades habían concedido un permiso de treinta minutos para homenajear a Federico García Lorca. Varios ciudadanos la llevaban en alto, como si fuese un ala delta o un palio que los cubriera del sol de junio y los protegiera de los años de infamia que por entonces comenzaban a terminar (sin acabar de acabarse todavía). Creo que los portadores de aquella bandera “tan nueva” no sabían, no podían saber, que ya mil años antes un poeta andalusí había dejado escrito que esa bandera despliega sobre quien la lleva un ala de delicia.

En el otoño de aquel año la vi ondear por primera vez. Los de COU salíamos de clase en el Instituto Padre Suárez y allí estaba, frente a nosotros, en el mástil del balcón principal de la Normal, la Escuela de Magisterio, allí la había izado, sola pero no solitaria, un joven bibliotecario llamado Sebastián de la Obra. Entonces los de COU no sabíamos, no podíamos saber que las viejas banderas capturadas a los nazaríes granadinos, eran verdiblancas como aquella que veíamos ondear por primera vez. Tan nueva. Durante el franquismo, en la escuela nos explicaban la patraña de Pelayo, nos hacían memorizar los nombres de los reyes godos, de los régulos de Navarra y de unos condes que se llamaban García Sánchez o Sancho Garcés. Nadie sabía nada de Abderramán III y sin embargo sabíamos que había uno que se llamaba Favila con su oso y otro Recesmundo o Recesvinto o Atanagildo. En Historia del Arte, nos hablaban como mucho del Palacio de Carlos V. Y en las enciclopedias veíamos tres banderas, una rojigualda con un águila, otra rojinegra con el yugo y las flechas, y otra blanca con la cruz de San Andrés. Nadie nos habló nunca a los niños de aquella generación de los constructores de La Alhambra, de la majestad de Ismael, de los cuatro poetas que dejaron sus versos por los muros, ni mucho menos de la estrella de ocho puntas de Tartesos, o de la más antigua bandera de Europa que era verde y se había hecho una cenefa con la aurora blanca.

Así que yo vi la verdiblanca como un ala de delicia en junio, como un estandarte de paz y esperanza en octubre, pero no entendí su significado hasta el 4 de diciembre del año siguiente 1977. No estará de más recordar para los más jóvenes que ese fue el día en que cientos de miles de andaluces salieron a la calle de todas las ciudades al grito de autonomía y libertad. No estará de más recordar que la verdiblanca inundó calles y balcones, y que los disparos de la policía terminaron con la vida de un muchacho que intentó ponerla en el único balcón oficial donde de forma provocadora no ondeaba, el de la Diputación de Málaga. Ese día —repito 4 de diciembre de 1977— yo conocí el significado más claro de esta bandera que tiene muertos, pero no mata.

Y aunque ese significado es complejo, creo que podré explicarlo en pocos minutos. Comencemos por el diccionario. Bandera es la tela rectangular, que se asegura por uno de sus lados a un asta o a una driza y se emplea como enseña o señal de una nación, una ciudad o una institución.

Pues pocas banderas en el mundo son más exacta enseña o señal de una nación que la verdiblanca de Andalucía. Primero porque es vieja, al menos tiene mil años, (Andalucía tiene al menos tres mil). Es la más antigua de las descritas en Europa, los sabemos porque en torno al año 1060, el poeta accitano Ibn Arqam la vio ondear en el alcázar de Almería y escribió:

Una verde [bandera], que se ha hecho de la aurora [blanca] un cinturón (wisah), despliega sobre ti un ala de delicia (naim)

Que ella te asegure la felicidad concediendote un espíritu triunfante. Observa con atención los felices augurios (f’al) que harán surgir ante ti el éxito.

(Abu-l-Asbag Ibn Arqam, siglo XI, rima aha, metro kamil).

Segundo porque la arbonaida pasa por sobre los cambios de época, como ha pasado nuestro pueblo: cambiando la comunidad de reconocimiento para que nunca cambie la comunidad de hábito. Tartesos o Turdetania, Bética, Atlántida o Al Ándalus, Andalucía … Tantos nombres para un solo pueblo que dura y dura. No importa cambiar de nombre y al menos los dos últimos Al Ándalus y Andalucía tienen una sola bandera. Y si le añadiéramos en su centro la estrella tartésica todos los nombres que he dicho para una sola bandera que dura, porque se sumerge y emerge y vuelve a sumergirse para durar. Como nosotros, como el pueblo andaluz. Como la cultura ancestral de una nación que sabe cambiar para que nada cambie.

Pero hay un problema con las definiciones. Sigamos leyendo el diccionario: bandera de combate es la nacional de gran tamaño que largan los buques en las acciones de guerra y en las grandes solemnidades.

Pues no nos engañemos la verdiblanca no es bandera de combate, ni de desfiles, no es bandera de clarines ni de timbales. Como excepción que confirma la regla sin espíritu numantino, cada ciudad andaluza (Andalucía es un país de ciudades) ha resistido militarmente sólo una vez en tres mil años: Córdoba a los bereberes de Zawi, Sevilla a los almorávides, Granada a los cristianos del norte, Cádiz a las tropas napoleónicas… Cuentan nuestras más viejas epopeyas redentoras que mientras Troya se consumía en la peor de las guerras, Gárgoris el primero de los reyes de los tarteso-atlantes se dedicaba a la apicultura y gobernaba un reino armónico y pacífico, de marinos y pastores, de pueblos blancos y piedras mágicas. Cuenta Abdalá el cuarto rey bereber de Granada que los andaluces eran por naturaleza incapaces para la guerra y, por eso, tuvieron que contratar como reyes a su familia de mercenarios. Lo mismo cuentan las crónicas de cántabros y bascones, de godos y gabachos. Siempre la misma idea en nuestros vecinos del norte y del sur. Los andaluces para la guerra no servimos. Nuestra bandera tampoco. Y sin embargo duramos.

Así que habrá que añadir una acepción a los diccionarios porque o hay banderas y banderas, o la arbonaida no es una bandera. Habrá que escribir que hay banderas de estado y de ejércitos, y hay banderas de naciones y de pueblos. Hay banderas que matan y banderas por las que como mucho se muere. Hay banderas de estados que se disfrazan de patria y hay banderas de naciones que son matria y nunca han sido estado, ni falta que les hace.

La verdiblanca no necesita ser jurada por nadie y no nos pide que demos la vida por ella. Ella como los andaluces no está hecha para la guerra y los cuarteles, sino para la paz y la esperanza. No sirve para pegar, no insulta a nadie, no agrede. Es una bandera de balcones y geraneos, de manifestaciones y esperanzas, de parados y de campesinos, de gentes de luz que a las gentes almas humanas les dimos.

Ese es su significado. Y ahora cuando Andalucía vive una situación de emergencia social, con una tasa demoledora de desempleo, con un retroceso escandaloso de las condiciones de producción, expoliada fiscalmente por el gobierno central de España y sometida a una colonización cultural arrogante por el neoespañolismo decrépito… Ahora cuando volvemos a ser una nación de emigrantes y cuando de nuevo nos invade el desánimo, tenemos que mirar a nuestra bandera para descubrir en ella lo que nos dijo el poeta hace mil años: Observa con atención los felices augurios (f’al) que harán surgir ante ti el éxito.

Lo mismo cantaba Carlos Cano: “Ay que bonica verla en el aire quitando penas, quitando hambres”. Para eso sirve nuestra bandera, para quitar penas del alma y de los cuerpos. Para los buques de guerra… no; Para agredir al otro… tampoco. Quien quiera hacer eso que cambie de bandera. La nuestra no sirve para el desánimo, sino para la esperanza. No sirve para la bronca, sino sólo para los balcones de geraneos.

Y ahora que no estamos en una época de cambios, sino en un cambio de época, esa bandera tan vieja nos ayudará a recordar que tenemos tres o seis mil años; y esa misma bandera tan nueva nos hará saber que apenas tenemos quince o dieciséis años, que es primavera en los campos de la Andalucía trabajaora y que tenemos toda la energía para tirar palante.

¡Viva Andalucía libre!

 

José Luis Serrano

José Luis Serrano

Escritor, profesor y a la inversa.

(Granada 1960 - 2016)
José Luis Serrano

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