Enlorquecidos

El indulto a Federico García Lorca

El indulto a Federico García Lorca

El periodista y escritor Juan Madrid recogió en 1983 el testimonio de un veterano funcionario que afirmó haber llevado a Víznar el indulto de Lorca. (Pepe Roldán, el indulto que no llegó).

El supuesto perdón no llegó a producirse ante la ausencia en el puesto de Víznar del capitán Nestares.

Como si fuera un ‘thriller’ hollywoodiense la muerte se produjo justo cuando aparecieron los mensajeros en Víznar.

Pepe Roldán Cobos señalando el supuesto lugar donde vió al poeta

Pepe Roldán Cobos señalando el supuesto lugar donde vió al poeta. Cambio16, 1983.

No pudo ser. Un presunto indulto de García Lorca no llegó a tiempo. Los correos con el papel que habría salvado la vida del poeta se presentaron en Víznar justo cuando sonaron los disparos y cuatro cuerpos yacían en la carretera, próximos a Fuente Grande. El comandante del sector no se encontraba en el puesto de mando y no pudieron parar el crimen. La historia la recogió el periodista Juan Madrid en ‘Cambio 16’ (1) (2) (3), en septiembre de 1983. Se había celebrado el homenaje al poeta en Alfacar, en el espacio que ya acondicionaba como parque la Diputación de Granada y donde aparecía delimitada la zona donde se colocó el monolito situado donde se cree que fue asesinado el poeta de Fuente Vaqueros. Ese día se encontraba entre el público “un hombre atildado, pequeño, de voz atiplada y gestos vivos”. Era uno de los funcionarios más veteranos de Andalucía al prestar sus servicios administrativos desde el año 1931, “y se llama José Roldán, conocido de joven como ‘El niño de las saetas’”, escribió el periodista. “El funcionario llevó el indulto a Federico García Lorca la madrugada del 19 de agosto y llegó tarde. Cuarenta y siete años después (estamos en 1983) narra su increíble historia”, destacó el especialista en su crónica. Roldán relata de esta manera lo sucedido: “Bueno, en esto, cuando llega el movimiento yo ya estaba en la Diputación y nos movilizaron para hacer vigilancias, guardias y cosas así. Me acuerdo como si fuera ayer que el 18 de agosto por la tarde se me acerca un alférez y me dice: ‘Pepe, ¿tú conoces la zona de Víznar, verdad? Sí, mi alférez’, le contesto, y él me dice: ‘Pues no vayas esta noche a tu casa que tienes que hacer un servicio. Vente al Gobierno Militar y no le digas nada a nadie”.

“Total –continúa Pepe Roldán-, que me fui al Gobierno Militar, que luego fue la Capitanía General, me dieron unos correajes y me indicaron un sitio donde dormir. Yo no pude pegar ojo esa noche. Tenía 19 años y mi padre, Enrique ‘el de las Bolas’, que le llamaban así porque hacía bolas de billar y para el juego de bolos, era de ideas socialistas y estaba medio escondido. A mi padre los de las Escuadras Negras le dieron una paliza y se murió un mes después de lo que le hicieron. Bueno, pues antes de que amaneciera me levantaron, me dieron un fusil ametrallador y me llevaron al despacho del comandante Morillas, ayudante del general Espinosa, gobernador militar de Granada.

Allí, además del comandante, había un tío fuerte, ancho y con mono, del que supe que se llamaba Blanco y que murió en el frente de Madrid. El comandante me preguntó otra vez que si conozco la zona de Víznar, y yo le contesto que: ‘Sí, mi comandante’, y entonces él me dice que voy a acompañar a Blanco a una misión que consiste en entregar un sobre al comandante militar del sector y en recoger a una persona.

Me entrega un sobre en blanco, grande, con cinco lacres, en el que pone solamente ‘Al comandante del sector Víznar-Alfaguara’, y yo me lo guardo en el pecho, dentro de la camisa. ‘Cuidado a quién le entregáis esto, que os va la vida’, me dice el comandante Morillas. ‘Si no me traéis al hombre vivo o el sobre, es mejor que os paséis a zona roja. Ahora marchaos…’ Bueno, Blanco y yo nos subimos a una moto alemana, de esas grandes con sidecar, y tiramos camino adelante a Víznar. Blanco era un hombre raro, no abría la boca y parecía seguro y como que sabía mucho.

Llegamos a Víznar cuando empezaba a clarear. Subimos la cuesta y aparcamos en la plaza, frente al palacio de Moscoso, que era el cuartel general del sector. Yo me apeo de la moto y me encamino al alférez de guardia, que está en la puerta. ‘Quiero ver al comandante del sector’, le digo, enseñándole el pase que llevábamos para andar por los frentes. ‘El capitán Nestares no ha llegado todavía, ¿para qué lo quiere?’, responde. ‘Tengo que entregarle este sobre’, le digo, y se lo enseño, y entonces él me contesta: ‘Soy su ayudante, démelo a mí’. Yo le contesto que sólo se lo daré al comandante del sector, y entonces escuchamos tiros.

Yo le digo: ‘¿Qué ha sido eso, mi alférez?’, y él me contesta: ‘Nada, habrán sido mis falangistas, que están haciendo instrucción’. En esto que me retiro a donde estaba la moto y le digo a Blanco que por qué no vamos, mientras viene el capitán Nestares, a tomarnos un cafelito a un ventorro que conocía yo en el camino de Alfacar. De modo que salimos en la moto y escuchamos de nuevo tiros. ‘Son mosquetazos’, me acuerdo que dijo Blanco.

Estaba aclarando, serían las siete menos cuarto. La moto iba despacio por el camino cuando de pronto vimos, en medio de una curva, a cuatro cuerpos tendidos y unas sombras que se escondían. Las sombras tenían gorras como las que llevaban los guardias de asalto y monos. Nos quedamos tiesos. La moto se detuvo al lado mismo de los cuerpos tendidos, pero no nos bajamos de ella: pensábamos que podían dejarnos secos.

Al principio no me di cuenta de que estaba viendo a Federico García Lorca. Sólo reconocí a dos personas, al Galadí y al Cabezas, dos banderilleros muy conocidos en Granada. Uno de ellos estaba atado con alambre a Federico por los brazos y el otro a un señor con la pata de palo, que yo se la vi.

Estaban boca abajo, encima de un charco de sangre, y Federico, lo recuerdo muy bien, vestía un traje blanco o claro de lino, de esos de verano, y tenía la parte baja de la espalda, no sé si me entiende usted, destrozada. De eso también me acuerdo muy bien, es como si lo llevara grabado a fuego en la memoria todo este tiempo. Aún veo los cuerpos tendidos en el camino de esa forma en que están los muertos. No estuvimos mucho tiempo; muy despacio la moto siguió camino, llegó a Fuente Grande, siguió, doblamos las curvas y bajamos la cuesta hasta el ventorro”.

Pepe Roldán hace un gran inciso para glosar su conocimiento de García Lorca, a quien conocía a través de su faceta de cantaor de saetas y incluso se atreve a decir al periodista que estuvo en el carmen de Falla cantando con el poeta y que le escribió unas improvisadas saetas para que las interpretara. Tras esta especie de paréntesis en el que glosa su relación con el autor de ‘Bodas de sangre’, Roldán prosigue su relato de los hechos donde lo dejó, en el ventorro. “Bueno, cuando terminamos de tomar la copita de pasas decidimos regresar a Víznar, por si ya había vuelto el capitán Nestares. Estuvimos como veinte minutos en el ventorro y cuando, andando despacio en la moto, llegamos al sitio donde vimos a los fusilados, ya no estaban. Había un reguero de sangre que llegaba hasta el pie de ese olivo que le señalo. Allí estaba la tierra removida y allí está enterrado Federico García Lorca, el maestro don Dióscoro y los dos banderilleros. No puedo equivocarme, lo tengo todo grabado en la memoria… Sí, yo me iba preguntando si no sería ese Federico, pero no me atrevía a hablar con mi compañero Blanco, que iba tenso en la moto, mirando a todos lados.

Otra vez en Víznar, nos dice el alférez que todavía no está Nestares en el puesto, y entonces nos dice Blanco que regresemos a Granada, que el hombre que íbamos a recoger estaba muerto. Esa fue la primera vez que Blanco demostró que sabía a lo que iba… De modo que con las mismas regresamos al Gobierno Militar y nos presentamos al comandante Morillas. No se me olvidará nunca la cara que puso cuando le contamos que no estaba Nestares y que, por tanto, no traíamos a nadie… Me dijo que me apartara y se puso a hablar con Blanco. Cuando terminó me dijo que me fuera a casa a descansar y que no le dijera a nadie nada… ‘Ya te enterarás a quién ibas a traer’, me dijo el comandante Morillas, y me fui a mi casa. Esa misma noche ya se sabía en Granada que habían matado a Federico García Lorca”.

VERACIDAD

¿Repartían entradas para el asesinato del poeta? A tenor del número de testimonios de este tipo, en el que una retahíla de lugareños, militares, falangistas, guardias de asalto y enterradores han dicho que vieron el cuerpo sin vida de Lorca se puede decir que aquello era peor que la operación salida del verano. El testimonio de Pepe Roldán se cae por los datos militares que ofrece, ya que esos nombres no se encontraban en aquellas fechas en el lugar que los sitúa. Las fechas no encajan en el puzle más veraz de lo sucedido realmente y demostrado de manera documental. ­ Pepe Roldán Cobos realizaba su servicio militar en la División 32 del Estado Mayor, actuando como sargento de la Sección de Enlace con los frentes de Granada, dependientes de la indicada División, al mando del coronel Lorenzo Tamayo Orellana, y realizando un servicio de enlace, en compañía del también sargento José Sánchez, entre el Cuartel General y la 1ª Bandera de Falange, que defendía el sector Víznar-Alfacar, en la madrugada del 19 al 20 de agosto de 1936. Imposible, porque los datos oficiales señalan que la División 32 no se había formado todavía en esas fechas y su creación, con gentes de Falange fue posterior al asesinato del poeta. La versión de Roldán se cae ante una simple verificación documental.

No obstante, el veterano funcionario demostró tener conocimientos sobre el tema, al menos de la versión oficial de los hechos, pero las fechas lo delataron. Estamos ante un excelente reportaje de Juan Madrid, pero olvidó contrastar y verificar documentalmente la historia que le relató su testigo. Fija la fecha del crimen en la madrugada del 19 de agosto, una versión que en aquel año de 1983 y gracias a los trabajos de Ian Gibson era la oficial y reconocida, pero solo avalada por Angelina ‘La Cordobilla’, la criada de los García Lorca, que confesó haber llevado comida durante dos días a un poeta encerrado en el Gobierno Civil. Este relato de los hechos, la confesión de esta anciana, contradecía la recogida por Molina Fajardo, quien no dio credibilidad alguna al testimonio de ‘La Cordobilla’ y prefirió el de aquellos que participaron en el crimen, por los testigos directos, que lo sitúan en la madrugada del 17 de agosto. Hay muchos detalles en la narración de Pepe Roldán que no encajan. ¿El maestro llevaba muletas o tenía una pata de palo, o sea una prótesis? En esta cuestión los testimonios son cambiantes. Afirmó reconocer los cadáveres, pero más adelante confiesa que estaban “boca abajo”. ¿Cómo los reconoció? Si servía de enlace habitual entre el mando militar y Víznar, por qué le preguntan si conocía la zona, ¿en realidad se dedicaba a desempeñar esa función de ‘enlace’ que él mismo dijo ante la comisión de Diputación? Más cuestiones: ¿Si afirma no dudar en que era Federico aquel cuerpo, por qué luego duda en su testimonio? ¿Llevaba un traje de lino blanco García Lorca o el famoso pijama tantas veces referido? ¿Si el asesinato se produjo en la madrugada del 17 de agosto cómo lo vio el día 19? Otro detalle que llama poderosamente la atención es el ventorro, o sea que entre ejecución y ejecución, en un territorio marcado para la muerte, los protagonistas se tomaban un cafelito. Hay muchas contradicciones y detalles que no encajan, que se desdicen. Podríamos estar ante uno de tantos testimonios de este tipo, de “la multitud que pasaba por la zona”, dado el elevado número de historias de similar cariz, que darán para una próxima entrega de ENLORQUECIDOS.

Juan Luis Tapia

Juan Luis Tapia

Periodista cultural por adicción más que por vocación, libertario en peligrosa libertad y editor independiente en el otro extremo de los Lápices de Luna.
Juan Luis Tapia
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