Caoramas

Agosto

agosto

Fui al cine a ver Aviones y en el camino ya noté algo raro. Como siempre, Plaza Nueva estaba llena de tribus de indigentes con tambores y hogueras, pero sus perros me parecieron más sucios que nunca, sus ropas más harapientas, sus danzas más medievales y sus dentaduras más podridas.

Tomé un taxi. Soy del Barça –como todos aquellos que prefieren la filosofía al fútbol– y del Betis –como todos los que no entienden de fútbol. El taxista también era del Barça, pero la charla sobre la pretemporada y los nuevos fichajes del Madrid me pareció propia de Torrente, el brazo armado de la ley –que era del Atlético.

Me gustan los Mercedes –como a todos los que no entendemos de coches–  y el taxi que me llevó al cine era de esa marca, pero me pareció que carraspeaba como un viejo fumador y que su tapicería despedía un polvo químico que erizaba la piel.

Me encantan los cines al aire libre –como a todos los que no entendemos de cine–, pero este año habían puesto una red metálica sobre las butacas y me dio por pensar que a lo mejor habían llovido sobre los espectadores cuchillos ensangrentados y otros restos de la violencia de género que, como se sabe, crece con los calores.

Detesto las hamburguesas –como todos los que comemos más con la ideología que con la boca–, pero me comí una y me sentó fatal. Para pasarla me tomé tres tercios de cerveza porque, como todos los que no tenemos ni idea de fisiología, tengo la idea de que el líquido gaseoso ayuda a digerir lo sólido.

De vuelta a casa, las calles del Zaidín me parecían más pobres de lo habitual; los calvos, más calvos; los gordos, más gordos; y las malas personas, peores.

Llegué a casa de madrugada y bajé la basura –como siempre–, pero esta vez la basura olía peor que nunca y el contenedor estaba lleno de gatos que no estaban dispuestos a salir de allí para que yo metiera la bolsa. Alrededor de las basuras, varios grupos de jóvenes bebían cubatas de botellón, y al olor del pescado en mal estado le añadían un punto ácido de orín alcohólico.

Me quedé dormido y me despertaron las arcadas. Son las siete de la mañana, todavía tengo el regusto de la carne y el ketchup, y ya no me vuelvo a acostar, porque esta mañana nos vamos a la playa. En la puerta de mi casa hay preparadas tres maletas, varias mochilas y una bolsa naranja que contiene protectores solares, tapones para los oídos y arenas pegajosas de varias playas y muchos años.

Curioso porque parece que en agosto nunca pasa nada. Pero yo, a esta hora sólo puedo dejar constancia por escrito de que la sospecha vivía en mi espíritu desde años atrás, aunque hoy la he confirmado: a diferencia de abril o septiembre, agosto –como octubre– es un mes real y rotundo, en el que todo lo que te ocurre, te ocurre más fuerte.

José Luis Serrano

José Luis Serrano

Escritor, profesor y a la inversa.

(Granada 1960 - 2016)
José Luis Serrano

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