La Palabra Poética (2). El nacimiento de la poesía

Olivo en Víznar. Foto de TonoCano/SecretOlivo

De niño, entre las pobres guaridas de la tierra, 
quieto en ángulo oscuro,
buscaba en ti, encendida guirnalda,
mis auroras futuras y furtivos nocturnos,
y en ti los vislumbraba,
naturales y exactos, también libres y fieles,
a semejanza mía,
a semejanza tuya, eterna soledad. 

Luis Cernuda, del poema “Cómo llenarte, soledad”.

El tiempo es decisivo en el modo de vivir humano, apuntamos en la primera entrega de esta serie para entender el momento exacto en que nace la poesía. Y es posible que lo tengamos más claro ahora que el verano nos ha adentrado en los días largos de sol y en las noches de júbilo y de dama de noche en las que se produce el encuentro con el silencio y lo desconocido. Un momento perfecto para entender por qué el silencio es subversivo y creador en la tesis zambraniana.

De los fragmentos que figuran manuscritos en Fundación María Zambrano, se observa su dilatada intención de situar el nacimiento de la poesía, como todo hacer trascendente, en la ruptura de un orden anterior a su propia existencia. Es decir, la pensadora apunta al lapso de tiempo en que el hombre aún no sentía su existencia, y es ahí donde surge lo primero el poetizar. En un vacío, en un hueco, cuando se le hizo presente también la oquedad de su corazón, ya suyo o pidiendo serlo, nació el poetizar irremediablemente.

Inmediatamente Zambrano hace mención a la irrevocable relación entre la palabra, el poetizar y el hombre. Éste último necesitaría de la palabra para comunicar, para señalar, sin embargo, la poesía hundiría sus raíces más en la vida del ser humano que en el hombre mismo. Esto es, en una vida desprendida del ser y que lo ha perdido de vista.

En este orden de cosas, sólo cuando la palabra comienza a germinar con su gran poder y fuerza, se abre un tiempo ya propio del hombre, lo que en palabras de la pensadora es “su nuevo albergue tras del orbe perdido”. Se trata de un tiempo trascendente que puede contarse en una relación análoga a la que la palabra, trascendente hacer poético, guarda con la palabra comunicante. Pero la palabra poética preside la vida del hombre uniendo así su ser con su vida.

Nacerá por lo tanto la poesía como una revelación, como un talismán, como incluso, prenda. Y tendrá el poeta que aislarse, distanciarse del centro donde vive. Hacer como que huye para perderse. Sentirse conectado con el orden que siente ser el primero, irse al origen, a las afueras. Escuchar el silencio de lo sin nombre, sentirlo, descender, hermanarse con ello. En una noche de verano como las que hemos dejado atrás, o en un amanecer del reciente otoño. No tiene nombre y sólo de este modo lo encuentra a veces, en momentos en que la palabra vuelve a ser humildemente.

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